Recuerdo de una tarde de verano

Recuerdo de una tarde de verano

Aquel temblor del muslo y el diminuto encaje rozado por la yema de los dedos, son el mejor recuerdo de unos días conocidos sin prisa, sin hacerse notar, igual que amigos tímidos.

Fue la tarde anterior a la tormenta, con truenos en el cielo. Tú apareciste en el jardín, secreta, vestida de otro tiempo, con una extravagante manera de quererme, jugando a ser el viento de un armario, la luz en seda negra y medias de cristal, tan abrazadas a tus muslos con fuerza, con esa oscura fuerza que tuvieron sus dueños en la vida.

Bajo el color confuso de las flores salvajes, inesperadamente me ofrecías tu memoria de labios entreabiertos, unas ropas difíciles, y el rayo apenas vislumbrado de la carne, como fuego lunático, como llama de almendro donde puse la mano sin dudarlo. Por el jardín, el ruido de los últimos pájaros, de las primeras gotas en los árboles.

Aquel temblor del muslo y el diminuto encaje, de vello traspasado, su resistencia elástica vencida con el paso de los años, vuelven a ser verdad, oleaje en el tacto, arena humedecida entre las manos, cuando otra vez, aquí, de pensamiento, me abandono en la dura solución de tus ingles y dejo de escribir para llamarte.

Recuerdo que atardecía…

Recuerdo que atardecía, recuerdo que vi su coche detenerse, recuerdo la compañía de sus ojos en la noche, sin saberse tras la boca de un gatillo que esperaba tembloroso y asesino, meterse por un pasillo de aquel corazón dudoso sin destino.

Rojo temblor de frenos por la noche…

Rojo temblor de frenos por la noche, así sueño el amor, así recuerdo, entre la madrugada olvidadiza, sensaciones de turbia intimidad, cuando tener pareja conocida es un alivio para los extraños.

Borrosa gravedad del parabrisas en la despreocupada seducción. Porque los coches saben su camino y van como animales en querencia a la casa, sin dudas, entre besos que nos duran el tiempo de un semáforo y un poco más; porque decir mañana es casi discutir el más allá, y hablamos del dolor de los horarios, alejados, cayendo en la imprudencia, como los vivos hablan de la muerte.

Se descalzan los días…

Se descalzan los días para pasar de largo sin que nos demos cuenta. Son casi despedidas, casi encuentros -felices pero incómodos- de cuerpos que se miran y que aplazan la cita. Aunque detrás, suelen quedarnos huellas que no son los recuerdos.

De aquel jardín inculto yo conservo el hombre que venía a desearte, a caminar sin ti, silvestre y solo. Porque de ti le hablaban las adelfas, con sus ramas difíciles como muchachas jóvenes, y las palmeras altas igual que tu desnudo, y aquel cielo corrido que buscaba la luz con que el amor te distingue los ojos.

No envejecemos nunca. Tal vez no envejecemos.

Y ahora puedo decírtelo, cuando tú me recuerdas las adelfas, y tu desnudo en arco dibuja una palmera, y los ojos se nublan sobre el jardín silvestre de los enamorados.

Tal vez no envejecemos. O es acaso que el tiempo se quitó los tacones para no molestarnos. O es acaso el deseo que camina en los labios todavía descalzo.

Secreto

Nos pusimos de acuerdo.

Yo esperaba sin prisa por la esquina, me hacía el despistado, hablaba con el niño y los borrachos, encendía un cigarro o compraba el periódico.

Aparenté no verte llegar casi sin prisa, arreglarte un momento en el descapotable, abrir la puerta, subir hasta el segundo.

Yo despisté al portero de las barbas rojizas, y allí, sin los silencios del joven que se enfrenta, sin tu arbolado anillo de goleta que surca el matrimonio, a pesar de tus pieles y mi piel, nos pusimos de acuerdo.

Si alguna vez no hubieses existido…

Si alguna vez no hubieses existido, si el calor de tus muslos no me hubiese buscado como un látigo preciso y mis ambigüedades electivas -los días más oscuros de mí mismo- no te hubiesen tenido como saldo de afirmación o excusa, es posible que este volver a casa en soledad y demasiado pronto, me recordase ahora un poco menos al joven que apostaba por el mundo, con el mundo a su espalda.

Sólo el amor es duro. Metidos en la noche, regresando entre la potestad y la mentira, hablamos del poder o de los sueños al hablar del abrazo. Y no lo sé tal vez, no sé si me recuerdo prisionero de un cuerpo o libre junto a él, buscando salvación o en servidumbre, miserable y maldito, pero atónito.

Quizás sólo se trata de que no estás aquí, de que perder es duro para todos y el amor me hace falta, como sabes. Quizás contigo estuve tan demasiado cerca de tu reino, que necesito ahora desmentirte, utilizar los trucos que uno tiene para poder seguir.

Porque somos así seguramente, huellas equivocadas, solitarias hogueras de un camino, paraísos de cuatro habitaciones que sólo se comprenden después de haber firmado muchas veces, precisamente ahí, donde pone El viajero.

Y a mí, ya que prefiero escoger mis derrotas, quiero que me recuerdes derrotado, como quien algo espera más allá de los tiempos y los hechos. Quizás porque haga falta haberlo presagiado o porque, en todo caso, nadie sabe dónde acaban los sueños.

Sonata triste para la luna de Granada

A Marga “Le ciel est par-dessus le toit” Paul Verlaine

Esta ciudad me mira con tus ojos, parpadea, porque ahora después de tanto tiempo veo otra vez el piano que sale de la casa y me llega de forma diferente, huyendo del salón, abordando las calles de esta ciudad antigua y tan hermosa, que sigue solitaria como tú la dejaste, cargando con sus plazas, entre el cauce perdido del anhelo y al abrigo del mar. Estarías aquí y nada habría cambiado sino el tiempo, el cadáver extraño de sus ríos que siguen sumergidos como tú los dejaste. Ahora siento otra vez mi cuerpo poblarse de veletas y lo veo entendido sobre generaciones de ventanas antiguas mientras la noche avanza solitaria y perfecta. Somos de una ciudad cargada de paciencia, que no conoce el sueño de los invernaderos, ni ha vivido la extraña presencia del amor. Como pequeñas venas los comercios esperan para abrirse mañana y el deseo no existe más allá de la luna de los escaparates.

Hemos soñado ya todos los sueños, hemos vivido aquí donde la historia olvida sus raíles vacíos, donde la paz es negra y se recoge entre plazas cerradas, sobre tabernas viejas, bajo el borde morado del misterio.

Alguna vez soñamos con un mundo distinto: era cuando el imperio perdido del azúcar y llegaban viajeros al olor de la industria. Las calles se llenaron de motores rugientes y la frivolidad como una enredadera brillante por los ojos nos ofreció de pronto templada carne, lámparas de araña. Parece que os recuerdo abrasados al mundo entre trajes de hilo, entre la piel hermosa de una época que nos dejó sus árboles, el corazón grabado sobre las pitilleras, y su dedicatoria en las fotografías. Ahora cuando el destino ya no es una excusa sino la soledad, y los cielos están bajo el tejado como tú los dejaste, todo recuerda un sueño sucio de madrugada. Aquí no tuvimos batallas sino espera. La guerra fue un camión que nos buscaba, detenido en la puerta, partiendo con sus ojos encendidos de espía y al abrigo del mar. Más tarde entre canciones tristes de marineros rubios todo quedó dormido. De balcón a balcón oímos la posguerra por la radio, y lejos, bajo las cruces frías de las plazas, ancianas sombras negras pascaban sosteniendo en las manos nuestra supervivencia.

Esta ciudad es íntima, hermosamente obscena, y tus manos son pálidas latiendo sobre ella y tu piel amarilla, quemada en el tabaco, que me recuerda ahora la luz artificial del alumbrado.

Vuelvo hacia ti. Mi corazón de búho lo reciben sus piernas. Como testigos mudos de la historia acaricio las cúpulas perdidas, palacios en ruina, fuentes viejas que recogen la luna donde van a esconderse los últimos abrazos. Verdes en el cansancio de todas las esquinas esta ciudad me mira con tus ojos de musgo, me sorprende tranquila de amor y me provoca. Amanece moradamente un día que las calles comparten con la lluvia. La soledad respira más allá de las grúas y mi cuerpo se extiende por una luz en celo que adivina los labios de la sierra, la ropa por las torres de Granada.

La madrugada deja rastros de oscuridad entre las manos. Oigo una voz que clarea. Lentamente los tejados sonríen cada vez más extensos,

y así, como una ola, entre la nube abierta de todos los suburbios, esta ciudad se rompe sobre las alamedas, bajo los picos últimos donde la nieve aguarda que suba el mar, que nazca la marea.

De “El jardín extranjero”

Sospechan de nosotros…

Sospechan de nosotros. Ha pasado el primer autobús, y nos sorprende en el lugar del crimen, desatados los cuellos y las manos a punto de morir, abandonándose.

Nos da el alto la luz, sentimos su revólver por la espalda, demasiado indeciso, su temblor en nosotros, encubierto bajo el pequeño bosque de las sábanas.

¡Corre! ¡Coge el amor y corre cuerpo adentro! Hay un desfiladero sin leyes en los labios, un laberinto ardiendo de salidas. Mira tu corazón o tu cintura, ese castillo en alto que mis muslos coronan como un lago de niebla.

¡Corre! Atiende sólo al viento de la piel pasando y regresando. y que suenen las ráfagas, que suenen los disparos, que las sirenas suenen a tu espalda.

Tú me llamas, amor, yo cojo un taxi…

Tú me llamas, amor, yo cojo un taxi, cruzo la desmedida realidad de febrero por verte, el mundo transitorio que me ofrece un asiento de atrás, su refugiada bóveda de sueños, luces intermitentes como conversaciones, letreros encendidos en la brisa, que no son el destino, pero que están escritos encima de nosotros.

Ya sé que tus palabras no tendrán ese tono lujoso, que los aires inquietos de tu pelo guardarán la nostalgia artificial del sótano sin luz donde me esperas, y que, por fin, mañana al despertarte, entre olvidos a medias y detalles sacados de contexto, tendrás piedad o miedo de ti misma, vergüenza o dignidad, incertidumbre y acaso el lujurioso malestar, el golpe que nos dejan las historias contadas una noche de insomnio.

Pero también sabemos que sería peor y más costoso llevárselas a casa, no esconder su cadáver en el humo de un bar.

Yo vengo sin idiomas desde mi soledad, y sin idiomas voy hacia la tuya. No hay nada que decir, pero supongo que hablaremos desnudos sobre esto, algo después, quitándole importancia, avivando los ritmos del pasado, las cosas que están lejos y que ya no nos duelen.

Versión libre de la inmortalidad

En la noche profunda, como dormida caricia que sorprende y sigue a más, sombras con el calor de la materia, mordiéndose los labios, mal quitado el pijama y ardiendo de loca oscuridad entre los brazos.

A media luz, perfiles como el amor de un sueño generoso con sus protagonistas, diseñados despacio, mientras el pensamiento va más rápido que los cuerpos y explica dónde será la próxima caricia, cuándo la paz y cómo y qué palabras.

A luz abierta, toda, alejado de mí para mirarnos, para mirarte hundida y encerrada con tus propios sentidos, hasta que abres los ojos llenos de solitaria claridad, y está la habitación, conmigo, atenta, y en tus ojos comprendes que nos gusta mirarte como a un río, un desmayado atardecer, un paisaje infinito.

Ni tú ni yo creemos en la inmortalidad. Pero hay momentos -oscuros, de penumbra o luz abierta- donde se roza el mundo de los libros y las ventajas de la eternidad. Escribo este poema celebrando que pasado y presente coincidan todavía con nosotros y haya recuerdos vivos y besos tan dorados como el beso aquel de la memoria.

Yo sé que el tierno amor escoge sus ciudades…

Yo sé que el tierno amor escoge sus ciudades y cada pasión toma un domicilio, un modo diferente de andar por los pasillos o de apagar las luces.

Y sé que hay un portal dormido en cada labio, un ascensor sin números, una escalera llena de pequeños paréntesis.

Sé que cada ilusión tiene formas distintas de inventar corazones o pronunciar los nombres al coger el teléfono. Sé que cada esperanza busca siempre un camino para tapar su sombra desnuda con las sábanas cuando va a despertarse.

Y sé que hay una fecha, un día, detrás de cada calle, un rencor deseable, un arrepentimiento, a medias, en el cuerpo.

Yo sé que el amor tiene letras diferentes para escribir: me voy, para decir: regreso de improviso. Cada tiempo de dudas necesita un paisaje.