Se descalzan los días...

Se descalzan los días…

Se descalzan los días para pasar de largo sin que nos demos cuenta. Son casi despedidas, casi encuentros -felices pero incómodos- de cuerpos que se miran y que aplazan la cita. Aunque detrás, suelen quedarnos huellas que no son los recuerdos.

De aquel jardín inculto yo conservo el hombre que venía a desearte, a caminar sin ti, silvestre y solo. Porque de ti le hablaban las adelfas, con sus ramas difíciles como muchachas jóvenes, y las palmeras altas igual que tu desnudo, y aquel cielo corrido que buscaba la luz con que el amor te distingue los ojos.

No envejecemos nunca. Tal vez no envejecemos.

Y ahora puedo decírtelo, cuando tú me recuerdas las adelfas, y tu desnudo en arco dibuja una palmera, y los ojos se nublan sobre el jardín silvestre de los enamorados.

Tal vez no envejecemos. O es acaso que el tiempo se quitó los tacones para no molestarnos. O es acaso el deseo que camina en los labios todavía descalzo.