En la noche profunda, como dormida caricia que sorprende y sigue a más, sombras con el calor de la materia, mordiéndose los labios, mal quitado el pijama y ardiendo de loca oscuridad entre los brazos.
A media luz, perfiles como el amor de un sueño generoso con sus protagonistas, diseñados despacio, mientras el pensamiento va más rápido que los cuerpos y explica dónde será la próxima caricia, cuándo la paz y cómo y qué palabras.
A luz abierta, toda, alejado de mí para mirarnos, para mirarte hundida y encerrada con tus propios sentidos, hasta que abres los ojos llenos de solitaria claridad, y está la habitación, conmigo, atenta, y en tus ojos comprendes que nos gusta mirarte como a un río, un desmayado atardecer, un paisaje infinito.
Ni tú ni yo creemos en la inmortalidad. Pero hay momentos -oscuros, de penumbra o luz abierta- donde se roza el mundo de los libros y las ventajas de la eternidad. Escribo este poema celebrando que pasado y presente coincidan todavía con nosotros y haya recuerdos vivos y besos tan dorados como el beso aquel de la memoria.