A Rubén Campos
-Dolor: ¡qué callado vienes! ¿Serás el mismo que un día se fue y me dejó en rehenes un joyel de poesía? ¿Por qué la queja retienes? ¿ Por qué tu melancolía no trae ornadas las sienes de rosas de Alejandría? ¿Qué te pasa? ¿Ya no tienes romances de «yoglería», trovas de amor y desdenes, cuentos de milagrería? Dolor: tan callado vienes que ya no te conocía…
Y él, nada dijo. Callado, con el jubón empolvado, y con gesto fosco y duro, vino a sentarse a mi lado, en el rincón más oscuro, frente al fogón apagado. Y tras lento meditar, como en éxtasis de olvido, en aquel mudo penar, nos pusimos a llorar, con un llanto sin rüido… * * *
Afuera, sonaba el mar…