Más, apóyate más, que sienta el peso de tu brazo en el mío; estás cansada, y se durmió en tu boca el postrer beso y en tus pupilas la última mirada.
¡Qué fatiga tan dulce, la fatiga que precede a los éxtasis; pereza del cuerpo y del espíritu, que obliga a mezclar el amor con la tristeza!
Se ve la luz. Y la Naturaleza parece que nos dice: Soy amiga de todos los que se aman; soy amparo. Ya os di alcobas de flores, ya os di asilos misteriosos, descansad tranquilos en la estrellada sombra que os preparo.
¡Oh, buena amiga! –el alma de las cosas sigue de nuestro espíritu las huellas–: primero para amar nos diste rosas; después, para soñar, nos das estrellas.
La luz se duerme en el zafir, lo mismo que en los profundos ojos de mi amada; pero queda un fulgor en el abismo y un toque de pasión en la mirada. ¡Sutil y misterioso panteísmo! …Más, apóyate más; vienes cansada…