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elebra el poeta haber hablado por teléfono con su amada… Al hilo de tu voz y asida al hilo tengo el alma, mi amor, para escucharte. Viento de muchos álamos comparte tu voz conmigo y la sostiene en vilo.

Asiento para pájaros y asilo de enamoradas nubes. Por hablarte hoy, pasando lo azul de parte a parte, se atraviesan los cielos con su filo.

Un fresco olor a tierra que se labra y a manantial con luna se improvisa para inundar tu voz cuando navegue

la quilla dulce y fiel de tu palabra. Y un silencio de pájaros avisa mi muerte, amor, cuando el silencio llegue.

Cuenta cómo sucedió lo de enamorarse

Sucedió que aquel año se decía que los tiempos cambiaban. Cierto era; aquel año empezó la primavera cuando apenas enero se moría.

Aquel año la tarde convertía en campos de pasión la Tierra entera que, por cazar, el alma fue campera y la caza le hirió que perseguía.

Sucedió que era invierno, que el destino preparaba un asombro campesino de manos blancas y sandalia breve.

Y me encontré en Castilla deslumbrado con todo el corazón enamorado como una antorcha en medio de la nieve.

De cómo robó el poeta un racimo en un viñedo

Cuando en algún momento del viaje viste un viñedo donde el sol cantaba me pediste un racimo. Todo estaba coronando a Septiembre en el paisaje.

Corté un racimo para ti y lo traje tan maduro a tus labios que estallaba como si el dulce zumo que sangraba a tus labios rindiera un homenaje.

Nunca a más suavidad llevó el destino lo que en las uvas iba para vino y encontró en tu garganta su condena.

Y nunca ya mí corazón amante volvió a encontrar, como en aquel instante tan bello el hurto de la viña ajena…

Despertar

Mi niña, al despertar, desaliñada, casi como las rosas, o más breve, duda entre niña y pájaro, se atreve a inaugurar la aurora de la almohada.

Mi niña de la nube o de la nada debe venir cuando despierta. O debe de los vientos venir, de los que bebe mi vida a sus rosales limitada.

Beber vientos, atarse a una camisa que duda entre las alas y la brisa, diminuta extensión que el mar quisiera.

¿Qué rey me compra el despertar? ¿Quien sabe porque es tan breve el mundo y por qué cabe en una habitación, la primavera?

El poeta camino de Francia

Me voy, me voy, me voy. Una barrera, una muga de piedra y un sendero y ya para mis pies el mundo entero poniendo al corazón una frontera.

Y tan lejos estás que no hay siquiera un pañuelo en el aire ni un «te quiero» . En otra tierra ya. Soy extranjero. -¿Cómo se dice amor?- . Nadie me espera.

Y ya ves, sigo andando y sigo andando y, paso a paso, te me vas quedando como un lejano sueño desvaído.

Otra luz, otra tierra, otra belleza. Y el corazón se llena de tristeza

El poeta cita a su amada, junto al Museo del Prado

El Prado y yo, la tarde y el museo, esperaremos con el alma en vilo donde Velásquez sueña y, a su asilo, los pájaros de otoño y mi deseo.

Contará el corazón cada gorjeo y el agua que en las fuentes, hilo a hilo, desmadeja un Neptuno en paz, tranquilo tenedor de esperanza en el paseo.

Te esperaré cuando la tarde apoya sus últimos desmayos sobre un goya de piedra ya, pues no alcanzo a mirarte.

Y hasta que llegues tú, de trecho en trecho, yo me pondré la mano sobre el pecho, que estallará de amor por esperarte.

En este soneto intenta describirse una rodilla

Donde la pierna asciende a maravilla y apunta hacia el misterio y la cautela; donde acaba el vestido y se desvela el sueño del encaje por la orilla.

Visible rosa donde el viento humilla su giratorio afán de falda y tela. Flor de la pierna, nudo, centinela del campo de la seda; la rodilla.

Desde aquí, alta columna adivinada, es clandestino el roce y la mirada se ciega entre su nieve y la clausura.

Y en duda de ser ala o de ser viento asciende femenino el movimiento, tierra en los pies y cielo en la cintura.

Geografía

Abriré las nevadas cordilleras que componen, amor, tu geografía y subirá un caballo de alegría hasta el gozo floral de tus caderas.

Horizontales nardos y laderas que la espuma del mar envidiaría le pondrán a mis besos, como guía, el distintivo de tus primaveras..

Apuraré los últimos pudores que limitan el reino de las flores allí donde la vida canta y cuenta.

Y quedaré junto a tus campos puros como quedan los árboles maduros después de haber vencido a la tormenta.