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espertar

Mi niña, al despertar, desaliñada, casi como las rosas, o más breve, duda entre niña y pájaro, se atreve a inaugurar la aurora de la almohada.

Mi niña de la nube o de la nada debe venir cuando despierta. O debe de los vientos venir, de los que bebe mi vida a sus rosales limitada.

Beber vientos, atarse a una camisa que duda entre las alas y la brisa, diminuta extensión que el mar quisiera.

¿Qué rey me compra el despertar? ¿Quien sabe porque es tan breve el mundo y por qué cabe en una habitación, la primavera?

El poeta camino de Francia

Me voy, me voy, me voy. Una barrera, una muga de piedra y un sendero y ya para mis pies el mundo entero poniendo al corazón una frontera.

Y tan lejos estás que no hay siquiera un pañuelo en el aire ni un «te quiero» . En otra tierra ya. Soy extranjero. -¿Cómo se dice amor?- . Nadie me espera.

Y ya ves, sigo andando y sigo andando y, paso a paso, te me vas quedando como un lejano sueño desvaído.

Otra luz, otra tierra, otra belleza. Y el corazón se llena de tristeza

El poeta cita a su amada, junto al Museo del Prado

El Prado y yo, la tarde y el museo, esperaremos con el alma en vilo donde Velásquez sueña y, a su asilo, los pájaros de otoño y mi deseo.

Contará el corazón cada gorjeo y el agua que en las fuentes, hilo a hilo, desmadeja un Neptuno en paz, tranquilo tenedor de esperanza en el paseo.

Te esperaré cuando la tarde apoya sus últimos desmayos sobre un goya de piedra ya, pues no alcanzo a mirarte.

Y hasta que llegues tú, de trecho en trecho, yo me pondré la mano sobre el pecho, que estallará de amor por esperarte.

En este soneto intenta describirse una rodilla

Donde la pierna asciende a maravilla y apunta hacia el misterio y la cautela; donde acaba el vestido y se desvela el sueño del encaje por la orilla.

Visible rosa donde el viento humilla su giratorio afán de falda y tela. Flor de la pierna, nudo, centinela del campo de la seda; la rodilla.

Desde aquí, alta columna adivinada, es clandestino el roce y la mirada se ciega entre su nieve y la clausura.

Y en duda de ser ala o de ser viento asciende femenino el movimiento, tierra en los pies y cielo en la cintura.

Geografía

Abriré las nevadas cordilleras que componen, amor, tu geografía y subirá un caballo de alegría hasta el gozo floral de tus caderas.

Horizontales nardos y laderas que la espuma del mar envidiaría le pondrán a mis besos, como guía, el distintivo de tus primaveras..

Apuraré los últimos pudores que limitan el reino de las flores allí donde la vida canta y cuenta.

Y quedaré junto a tus campos puros como quedan los árboles maduros después de haber vencido a la tormenta.

Imagina el poeta a su amada en la ducha

Con recato…

Ésta que en nieve y sueño la clausura viola y la canción del agua fría; Venus de soledad, mitología del azulejo y la temperatura.

Ésta que en dos palomas la estatura divide en rosas que el rosal querría, por donde el agua que resbala ansía quedar, dormir, morir en su blancura.

Ésta que al níquel alza los asombros del rocío y redime por los hombros del agua desahuciada del cabello,

es ella, amor, que, en soledad, ensaya a dar forma a la espuma, pero… calla que nada tienes tú que ver con ello.

La bodega

Bajé, contigo, amor, a la bodega y me acerqué al tonel que allí dormía por ver si era verdad que en él crecía la flor del vino, diminuta y ciega..

Y para poder ver lo que trasiega el vino al corazón, pensé que unía, para jugar, tu boca con la mía, porque el amor no sabe a lo que juega.

Uniendo así en tus labios vino y mieles le dimos a la flor de los toneles como vaso tu labio femenino.

Y todo fue tan dulce y abundante que nunca la bodega vio otro amante ebrio de tanto amor y tanto vino.

Madrigal

Desde esta mañana, amor, la rosa será más rosa y más vivo el ruiseñor.

¡Y tú sin saberlo, amor!

La fuente mucho más clara mojándome de alegría con agua fresca la cara.

Y el cielo, desde hoy, azul, y, dentro del cielo, dios…

¡Y tú sin saberlo amor!

N

oche de vendimia Era de tanto amor la noche aquella que hasta el alba rompió su compromiso de clausurar las sombras y no quiso partir la noche y apagar la estrella.

Subió a su boca el vino y puso en ella tan breve y embriagante paraíso que, robando a sus labios el permiso, busqué su rastro y apuré su huella.

Tantas veces mezclamos vino y beso que, al fin, el sueño la rindió, por eso le sirvieron mis brazos como almohada.

Y cuando pudo el sol alzar el vuelo estaba rojo, como el vino, el cielo y azul, como sus ojos, la alborada.

Recuerda el poeta los primeros tiempos de su amor

Déjame que del tiempo de otro día miré prados de amor, recuerde aroma, y en el agua pasada la paloma moje otra vez el alma en que bebía.

Que si ha ganado el tiempo la porfía y ya la nieve por la sien asoma fuego otra vez cada ceniza toma y un campo de pasión hay todavía.

Déjame que confunda en tu cintura lunas perdidas, que la luna nueva no contó el tiempo ni perdió blancura.

Alma y cabellos el pasado nieva pero la llama es fiel y a la ventura hoy, como ayer, tu corazón me lleva.

Seguirá siendo el sol, cuando amanece…

Seguirá siendo el sol, cuando amanece, hermosamente bello y cada día la vida será buena todavía cuando en cada rosal Mayo florece,

Seguirá el mar sereno cuando ofrece a su virginidad la poesía de la luna que al cielo desafía cuando sobre las olas aparece.

Todo seguirá igual que cuando ella con su callada vocación de estrella inauguraba todo lo que existe.

Y todo estará igual; el sol, la rosa, las estrellas, el mar, la luna hermosa; sólo yo, para siempre, estaré triste…

S

oneto de amor

Te sigo, amor; herido en tus colmenas tengo mi corazón sin esperanza. Sé que eres fuego y siento cómo avanza tu posesión de llamas por mis venas.

Sé que eres hierro, amor, y me encadenas sellando de agonías tu alianza. Sé que eres sed y siento cómo avanza mi corazón y de avidez lo llenas.

Herido estoy, amor; certeramente sigo tu luz o sigo tu amargura sin comprender mi corazón siquiera.

Sólo sé que te sigo ciegamente y es posesión de cielos mi ventura y claridad de gloria mi ceguera.

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Soneto de amor en Gredos

Amarte en Gredos, en la roca, es darte razón de eternidad. La tierra ama como mi corazón y, roca o llama, en fuego acabaré de eternizarte.

La soledad y tú me dáis la parte que el alma necesita. El tiempo llama con más dureza y, cada vez, reclama lo que doy por salvarme y por salvarte.

Amarte aquí, en la inmóvil serranía donde el mundo se acaba y todavía no pisó el hombre, es redimir la tierra.

Es coronar el tiempo de futuro y hacer de luz y fuego el trozo oscuro de soledad que somos yo y la Sierra.