Ínsula

Ínsula

Ay, many flowering isles lie in the waters of wide agony Shelley

Mujer mía: quiero que tú y yo limitemos a una isla, unidas, nuestras dos vidas para descubrir las razones de Dios dentro de sus confines, para cantar nuestra pasión en cada cresta del limpio oleaje matutino y dejar en cada promontorio la huella de una caricia apresurada. Para que nuestro amor tenga en el mar una muralla contra los hombres, contra todos sus odios, y su envidia.

Quiero que conozcas y llegues a hacer tuyas las cosas básicas, de todo adorno limpias y de toda doblez ya cercenadas: el mar, la tierra, el hambre, el sexo, la muerte y el dolor. Yo sé que siempre has vivido en la penumbra de las grandes ciudades, pero tienes el corazón lleno de espigas y colmadas tus venas de una ansiedad bucólica. Quiero que te enseñen su canto los alisios y que te enamores del mar. Quiero que dejes a un lado las sandalias, que tus pies desnudos a toda hora sientan el roce de la tierra, el latigazo de los guijarros ocultos en la playa, la caricia empalagosa de las algas escapadas del mar a las arenas.

Te haré conocer todo lo que es el agua: el agua masculina del mar, violando escollos. El agua que deforma el litoral con su tenaz abrazo. Agua feraz flotante, salpicada de flora, de residuos. Agua toda mar, toda sal, toda crustáceo. También conocerás, como tu única doncella, el agua hembra de los arroyuelos y en su mirada contemplarás tu rostro, junto a su fondo mismo, y sentirás su confidencia de silencio. También hay agua que brotará del manantial de tus ojos, bajo la leve insurrección de tus pestañas, cuando sientas que los límites de tu cuerpo no pueden sujetar ya todo tu amor y quieras explotar como una fuente, de agua también, y de agua arrolladora. En la soledad; al acercarse mi presencia, percibirás el terciopelo del agua miel que dilata tus pétalos completos. Y, después, la catarata de las aguas madres al romper tus contornos la huida de mi hijo.

Aprenderemos la lengua vegetal para olvidar la zozobra del idioma de los hombres.

Lanzaremos voces a los manglares para hablar con las lianas en su fuga, enterneciéndonos ante el senil ronquido de los ancianos de la selva, zapados por el abrazo de orquídeas concubinas. No tendrán entonces, en el alba, secreto alguno el tamboril discurso de hongos parlanchines, ni nos será extraño el quejido angustioso del árbol de la cera al fustigarlo el vendaval.

Nos alimentaremos de las cosas del mar, de los frutos moluscos que hierven en la arena, y exprimiremos el jugo de las palmas para acosar la sed y endulzar las veladas. De luz y mar embriagaremos nuestros días, en duales festivales dionisíacos, respirando esencial libertad, libertad libre de toda angustia, de la civilización ya para siempre separada. “Éste es el universo”, te diré mostrándote un grano de arena. En sus contornos de lechosa perla verás el reflejo de movimientos cósmicos, conocerás las nebulosas que en voluta se escapan y aprisionarás en tu mirada el lento paso de las constelaciones. “Ésta es la vida plena”, te diré enseñándote una hoja de higuera. En los capilares donde corre la savia, juguetona, mezclándose con el obsequio del sol, observarás la maravilla de lo eterno y en sus distintos verdes fondearás en la laguna de la vida, anclada al recio atolón de Dios.

En esa isla quiero que tú y yo, en esencial conjugación, asistamos al paso imperceptible de los días, en mezcla de azul, miel, cielo, agua y arena, hasta que surja, también del mar, la muerte, que habrá de ser un cómplice en la huida.