I Pero te dejo ir, te marchas, y yo ya no recuerdo si debo sufrir, si es mi hora, mi llanto, mi Penélope, mi asiento duro y fácil de tejedora a la sombra de una espera inconmovible: te dejo ir y la mañana cae espesa y ruidosa, se postra en mis pasillos, invade las cocinas y yo ya no te amo porque no, no es del todo cierto un dolor tan constatable.
Te dejo ir y avanzas confusamente entre los parques, estropeándolo todo con las huellas de tus botas grandes de soldado rubio. Te vas a la guerra y decir miedo, verte desaparecer diciendo hambre, verte caminar con la muerte sonriéndote en la espalda, prostituta de quince minutos estrechos en la primera esquina, junto a la tienda de puñales. II Y no, no es del todo cierto un dolor tan apreciable porque hay una cosa entre los frigoríficos que se llama resurrección y cada hora decapitada, cada segundo mutilado, cada vinculación ahí afuera supone que los perros van a desaparecer algún día con su fidelidad que traiciona rebaños, con su estúpida conducta de amor incondicional y severo. No es del todo cierto eso de que yo sufra, pregúntale a una esfinge sin brazos y con la nariz incompleta si me ha visto pasar con lágrimas y duelo. Quieren responderte con la misma frase lapidaria, hija de siglos, ¡ah!, qué terrible llanto las cariátides, qué terrible llanto, pero yo no pertenezco a la historia y no tengo amistades de piedra. Yo, dulcemente, he llegado a la desmesura del amor, a la cintura estrechísima de la soledad, dulcemente, etcétera, y mi alma alargada por el uso, estirada y ensanchada por los viajes fugitivos de tu cuerpo acumula el aire y flota, mi alma floja, preguntándose qué es esa cosa de que te miren todas las ciudades, de que te acojan todas las Venecias.
De “Odisea definitiva” 1984