Cuando las gaviotas se lo coman todo y en los esqueletos de los barcos proliferen los insectos, seguirás preguntándote qué hice contigo después de recordarte.
Porque después del recuerdo vienen otras cosas que no conociste, que tampoco conocí porque desaparecían al ritmo ligero de lo no deseado. Pequeñas rozaduras que envejecían el instinto de retenerte y que no hacían daño, como ahora las gaviotas.
Todavía no, pero las veo gordas sobre sus patas tiesas de aferrarse a los ahogados y comerles los ojos sin movimiento.
Porque no opone resistencia la carroña engordarán tranquilas.
Pero todavía no, aunque las vea. De “Los hábitos del artillero” 1990