El inventario de la muerte

El inventario de la muerte

Al alquimista una fuga lenta de soldados solicito, un solo golpe para mí con amigas almas que se incendian para nadie y la fiera sorda del cuerpo a veces ya patria o ya derrota que conozco sin derribos. Puedes empezar a decir ¿y la intemperie? Puedes empezar a tocarte las manos. Que no vendrá una guerra de treinta años a llevarte, no vendrá mi voz con presagios y terrazas a perderte. Es la alegría de mis uñas sucias, el olor de la piel y los zapatos de estratega que no abandonaré, que no abandonaré en las llamas aunque ardas para nadie con un verso de urgencia y largo olvido en la garganta.

Al alquimista dadle el fuego, para mí el cuerpo extranjero que no conoce mi país de penas donde los cónsules del cieno se aburren libremente con muchachos dulces que no saben besar. De “Los versos del Eunuco” 1986