De comida del diablo me alimento.
Los reyes del anochecer se abrigan un paso atrás del puesto encomendado.
Voy hasta la esquina del moro y allí pongo mi sonrisa, mi dinero.
Por siempre hombres armados que saben decir no y hombres desarmados que carecen de rutina mezclados me perturban, me apasionan
con sus mesas de playa abiertas en la noche, con sus tres o cuatro cosas en venta.
El mismo perfume desde hace dos años, mi amor hecho de pesas, una forzosa condición para llegar hasta el final y mucha gente que sepa lo infelices que somos viéndonos como uno más, eso quisiera, sí.
Y que todo quede atrás, cuando salgo de este bar, Con el último hueso de aceituna. De “De mí haré una estatua ecuestre” 1997