Mordiendo por las calles a los hombres que se aman

Mordiendo por las calles a los hombres que se aman

Algunas palabras para perder la vía, algunas palabras, que no falten palabras, quiero saber el lugar que ocupa mi odio, quiero saber dónde se puede encontrar una tienda del mejor de los vinos del vaso de la palabra.

Atentos al dolor, sí, sí, atentos al dolor como en los huesos poderosos de mis piernas, atentos al regreso de los hombros o la tierra hacia las ascuas.

Quiero saber cómo se cae a las llamas, cómo se cae a la hoguera alta y doble del dolor mejor de todo dolor. Yo soy un ángel falto de recursos, no me mires, voy hecho lentamente con el corazón pobre de pobreza de ángel, con la indigencia en el centro atento como un noble mensajero del error al dolor de los mamíferos.

Cómo se me vierte el fuego en la raíz de la lengua y la carne empieza a oler a campana que no cesa. Es terrible, es terrible no conocer el mundo de las aves inferiores, sus migraciones, vuelos, averías, de las cornejas tan útiles, de las golondrinas ignorantes y ciegas, de las gaviotas tristes como otoños.

Mirad, mirad, es tan terrible esto, yo creo adivinar la sangre de los míos, es larga, aguda, cruel, se necesitan trajes para verlo. Como mi sangre que va mordiendo viñas, que va mordiendo cuerpos, que va con dientes y con sangre mordiendo por las calles a los hombres que se aman saliendo de los cines.

Yo vivo en una ciudad pétrea y a veces somos pasos.

Se pueden ver arrastrando a nadie, se pueden ver lustrosas cabelleras, tres o cuatro pasos solos, duros, precisamente amargos golpeando la tarde y las cenizas brillantes como lluvia.

Y las mujeres que cuento en mi cabeza, que recuento, que olvido, sus vestidos azules que tendré que colgar, sus dolorosas manos, vírgenes verdaderas. Las mujeres que mi madre me abrió para que no empezase todos los versos con su nombre. Para que no empezase todos los versos con su vidrio de nombre. Todas las mujeres que recuerdo buscando un duro cuenco donde albergar el vientre. Todas las mujeres que mi madre me abrió.

Pero perdón, el mundo.

Pero perdón, la noche de los gendarmes que me araña el pezón Y me pide consuelo.

Todo eso, perdón, yo soy un ángel. Mi odio es infinito. Mi odio espera el odio con olor a mantel y derramado vinagre, ese odio que se mea en el tacón de las bibliotecarias hasta que nacen lirios y la tierra empantana los taxis vigilando una escuela. Sí que conozco esa lluvia de dolor, sí que conozco esa muñeca herida por el odio.

Y a veces las alas comienzan a pesarme y sobrevuelo el polvo porque más allá de la muerte, más allá de la muerte mi odio seguirá repoblando los bosques.

Puedo pensar que no, y entonces hay un árbol. Como un número blanco, como una ola de algas tu cuerpo largo y libre, algo lejano y mío, mío hasta el desastre. Un árbol con su techo delante de mi alma.

Será merced a mi alma que se va con el primer ingrato de septiembre o la milicia que no espera por una vez, por una sola vez, para meterme en tu lengua ávida y rota y perdonar al circo tanto asunto de valor, tanto temblor, tanta ruina con leones despeinados.

Mi amor, si digo esto mis ojos crecen y sonrío pero, mi amor, si digo esto tu boca se parece a una tribu roja que golpea cristales y es el olor de las amigas que amé tanto detrás de un cementerio. Mi amor, mi amor, y como este cuerpo que toco alguna vez una alegría sin centro me despierta en la noche que no termina aún, que no acaba y todo se ve azul hasta morir y yo habría de tener hierro en las manos y quedarme. Tener los pies, los días, las orejas, los pechos y las alas con hierro y quedarme.

Esta es una canción desaparecida para cantar con los brazos extendidos y los ojos cerrados y las rodillas en el fango tormentoso de la culpa mientras cae una lluvia de arcos y volutas milenarias.

Es más dulce mi cuerpo; aquí está con medallas y caderas, con el verbo del tabaco y la hojarasca. Es más dulce así con huellas diminutas de dientes de ave viva en mi sexo como una ropa antigua que devora la sal, en los pechos enanos como pruebas, retenidos y aún distantes, enemigos para siempre, y en la cintura que ardió con muertos, barricadas, botellas, armaduras y un almanaque inútil con la fecha del ocho y los niños del valle, los perros y las cañas.

Ven, amor, a degollar conejos encima de mis nalgas. cuánto tiempo he de esperar, cuánto tiempo he de esperar.

Además el silencio de la tierra que no dice palabras, que no dice estertor, que no dice colegio ni cita mayo alguno.

Cuánto tiempo he de esperar. De “Los versos del Eunuco” 1986