Reflexiones hipnagógicas

Reflexiones hipnagógicas

I Imposibilidad del amor turco, del amor que se arrecia en una estampa de niña desnutrida, en un candente gesto de impotencia acribillada, en la necedad y en lo vacío de unas muertes gratuitas con su odio de vejeces aceleradas bajo la tristeza más simple que se nos iba perdiendo -otro abandono más para nuestras vidas sin lirismo. Porque es lo inaudito amarse en las basuras de una noche de viento confundiéndonos del delirio infantil y perverso de los gatos, contagiando nuestros cabellos de la perfección y la morosidad de la piel de las patatas, embelleciéndonos los trajes con el contacto de la sangre púber que derrocha este desorden nocturno de finales de guerra y destrozos humanos. Punto. El viento. II Para encontrar pronto la Henoc robustecida de tu estrofa donde también tenga cabida el amor en toda su vastedad de azules. Temprano es una palabra no muy bella que exige mujeres repentinas y constelaciones espontáneas. Quizá no sea preciso hablar de una truncada estrella en las alcobas cuando algún crimen corrobora la lentitud y la paciencia de unas medias desmayadas sobre el suelo. Y luego el acento agudo de tu risa tónica clavándoseme en unas sangres que destila mi tristeza atareada con las cosas más urgentes desbaratándome un verso con su imprudencia de pájaro cosiéndome los labios a pares suicidas mutilándolos para lo más dulce, negándoles tus arañas.

III Sobre ti, sobre todo. Sobre lo que es locura sobre todo en las mañanas necesarias del deseo, en los tilos de un amor que se recupera de la desmesura con un desayuno tardío y el final de una historia mal mecanografiada de niños de ayer que aún no sé, no sabes, si se han muerto, si van a comprar la libertad de su poema o si tienen que vivir para una madre enferma de naufragios; la historia siempre interrumpida por la inminencia del dolor o del placer oscuro de los cuerpos, la historia siempre interrumpida, la historia siempre, siempre. Al final siempre aquella cosa del término y el cierre, la clausura, el final.

IV Pero ahora vamos cayéndonos en este desagravio de las fuerzas y una ordenación de paralelas fijas entreteje nuestros tiempos señalados, abocados a la causa de las calles más anónimas y mares y atmósferas tumultuosas y suburbios de palabras, arrabales de gestos imprecisos, atajos peligrosos de llegar antes de las diez para atrapar las primeras uvas que desgaja el día. Es la guerra, ya. Atiende, esta es la hora propicia para decir cosas como levántate, te amo, es tarde, mi amor, qué tomas, sólo queda café y leche, y cómo nos queremos, decir no quieres más, estás cansado, mi amor, mi amor, atiende, son ya las diez (cómo te maldigo), la guerra ahí afuera, y tú, etcétera, márchate.

V Habremos de volver, en todo caso, a la espesura, a la concatenación de los días, purgándonos el alma con dos soles de amianto, haciéndonos las uñas con una suavidad de oficio sin quebrantar las reglas de la moral que presiden los retratos blanquinegros de las casas.

Volveremos siempre, aunque sea cierto que nunca se retorna, aunque Nietzsche tenga o no la razón, y nosotros (indefensas criaturas de la fonética más ardua) no sepamos escribirles el nombre a los filósofos, no sepamos consumir el goteo milenario y lentísimo de las estalagmitas, aunque afuera, en el río callejero de los claxons nos aturda un viento claro de poniente, una confusión de abreviaturas y escaparates.

VI Pero ¿es necesario que te ausentes para el hambre? No, dime que no como se dicen las canciones, t dí no como una canción apenas retenida, duda no para que la canción sea más lírica y romance. No vamos a volver al filo estrecho de los meses, no vamos a ser la estatua de sal, la mujer de Lot, la destrucción de un renunciar, de un abdicar, de una puerta maltratada.

Y el abandono delante de las ventanas encendidas, el abandono de un hombre-sombra borrado de la historia, un hombre que apenas es objeto oscuro, macizo, recortado, opaco, impenetrable tras la luz que desbarata y obstruye los sentidos, la luz mortificante de ver cosas, la luz que destruye y minimiza el horror de ser un ave bajo tierra.

VII Es mejor, mi amor, el cuarto oscuro de los juegos malogrados de la infancia. dejemos los mediodías abiertos para los últimos pobladores de la noche, apenas Se te ve ya entre tanto rayo creador y tanta renuncia de larvas.

Renunciar es esto.

Un temblor de temores bajando las escaleras, cayendo hacia los portales barridos y solitarios, un agolpamiento de polvo, de tierra fértil y de frutos dibujados en el movimiento súbito de tu paso meteórico y fugaz como Una ausencia de niños pálidos.

Tanto hueco.

Ausentarse es esto.

Así, es mejor, mi amor, el cuarto oscuro de los juegos aunque tu recorrido dure lo que duran las abejas.

VIII Cómo he de decirte que vengo de beber de tus sequías, cómo voy a contarte mi febril búsqueda de rastros en tu cuerpo abandonado. Otra cosa es la lluvia y los morteros patriarcales, las herencias seculares de comerse una manzana, las costumbres y atavismos de monedas insectívoras, tu rostro adaptado a la geografía universal del hombre ameba.

Pero llego y se te borran los ojos, las crines de semental confuso se te vuelan y ya no quedan en la superficie de tu cuerpo estigmas de raza, edad, sexo o condena a muerte y sólo eres ya una cosa rosa mate de pesada traslación e ingente abrazo. Eres únicamente una carne ciega y útil, una carne abierta que maneja mis palabras, carne viva, animal puro, sin timbre humano, aproximándose al ser-latido, al primer peldaño de tu génesis violácea, recordando el primer árbol, la primera gota, el primer silencio. Y entonces es cuando te amo, ciertamente. No hay un amor suicida para cada minuto de cada catástrofe, otra cosa es el olor que dejas en los pasillos cuando es necesario que te vayas a la guerra, mi amor, a la guerra callejera del inmueble y la agonía. Ah, el amor de nunca retenido en los estantes suntuosos de la tradición amable, pisado de polvo, arañado, entristecido, apenas soleado, a una esquina de la muerte, alguna vez te diré que no me angustia este amor tártaro, que solamente preciso de tu cálida carne siberiana.

De “Odisea definitiva” 1984