La canción de todos los días

La canción de todos los días

Yo vengo de un almendro y he venido a despeinar a esa muchacha. A viajar por los mapas de lluvia y driblar a la muerte. Llegaba de un olivo y he venido para desocupar la nada, para vender palabras con olor a tomillo; yo vengo a resbalar entre tus pechos con olor dulce a Oriente. Vengo desde la vid y por suerte soy feo, feo como la tierra: mi corazón tiene una puerta donde anidan las lágrimas y cantan los jilgueros. Sobre tu piel llena de estrechos y llanuras he venido. Vengo desde un naranjo viejo y camino el camino de tus sobacos salados por el sol, y de tu vientre salto a tu paladar. Soy como un saltamontes en la temperatura de tu piel, me siento como un pez en el agua lentísima de las mareas de tu cuerpo. Soy un gorrión que vuela de los pesebres tiernos de tu boca con dirección al libro de tus muslos. Llegaba de un almendro y ahora resulta que he venido.