Sobre el tranquilo lago, occiduo el día, flota impalpable y misteriosa bruma y a lo lejos vaguísima se esfuma profundamente azul, la serranía.
Del cielo en la cerúlea lejanía desfallece la luz. Tiembla la espuma sobre las ondas de zafir, y ahúma la chimenea gris de la alquería.
Suenan los cantos del labriego; cava la tarda yunta el surco postrimero. Los últimos reflejos de luz flava
en el límite brillan del potrero y, a media voz, la golondrina acaba su gárrulo trinar, bajo el alero.
II Ondulante y azul, trémulo y vago, el ángel de la noche se avecina, del crepúsculo envuelto en la neblina y en los vapores gráciles del lago.
Del septentrión al murmurante halago los pliegues de su túnica divina se extienden sobre el valle y la colina, para librarlos del nocturno estrago.
Su voz tristezas y consuelo vierte. Humedecen sus ojos de zafiro auras de vida y ráfagas de muerte.
Levanta el vuelo en silencioso giro y, al llegar a la altura, se convierte en oración, y lágrima, y suspiro.