En la estepa maldita, bajo el peso de sibilante brisa que asesina, irgues tu talla escultural y fina como un relieve en el confín impreso.
El viento, entre los médanos opreso, canta como una música divina, y finge bajo la húmeda neblina, un infinito y solitario beso.
Vibran en el crepúsculo tus ojos, un dardo negro de pasión y enojos que en mi carne y mi espíritu se clava;
y destacada contra el sol muriente, como un airón, flotando inmensamente, tu bruna cabellera de india brava.