Déjame ver tus ojos de paloma cerca, tan cerca que me mire en ellos; déjame respirar el blando aroma que esparcen destrenzados tus cabellos.
Déjame así, sin voz ni pensamiento, juntas las manos y a tus pies de hinojos, embriagarme, en el néctar de tu aliento, abrasarme en el fuego de tus ojos.
Pero te inclinas… La cascada entera cae de tus rizos óndulos y espesos. ¡Escóndeme en tu negra cabellera y déjame morir bajo tus besos!