Desengaños del mago

Desengaños del mago

A Jorge Zalamea in memoriam

1. Yo vivía en una torre…

que custodiaban tardes de susurrantes collares.

Yo acechaba a las caravanas que, al caer los crepúsculos, entraban en los patios polvorientas de azul.

Yo jamás dormí.

Tal vez dormí, tal vez soñé que un ruiseñor sediento secaba los mares.

Tortugas sospechosas empezaron a seguirme.

Yo en las tardes miraba flotar en los estanques ciudades de ojos magnéticos.

Cada noche la marea depositaba en los árboles islas dormidas.

Lucy sollozaba por los elefantes enredados en mi barba. Lucy era una gaviota. Yo era un cangrejo, un lirio, un árbol relampagueante.

2. Déborah: si alguna vez desciendes de los tejados…

si alguna vez emerges de los cementerios donde vives, y cruzas (ave o demonio) por la Plaza del Oso, me verás bajo la lluvia esperándote. Porque amé tu calavera de conejo, amé hasta enloquecer tu rostro dañino.

Déborah y yo cabalgamos sobre un escarabajo de ojos penetrantes y en días de tristeza recorrimos espejos, uniformados de azur.

Déborah se mataba las pulgas mientras yo recitaba mis grandes cantos.

Sólo una vez me permitió besarla. Fue en los jardines: la primavera silbaba su tonadilla. Ella movía la cola, azorada.

Pero tan pronto la besé, sacudió el polen de su falda, aulló a la luna y huyó por los desfiladeros.

Yo felizmente era un topo, dichosamente excavé un túnel.

Yo estaba solo amancebado con la luna. Bien lo sabes, Déborah, mi araña incomparable,

¡Oh mi alondra! ¡Oh mi cítara enlutada!

3. Antaño fui un mago melancólico…

panteras invulnerables me seguían arropadas en sus sedas.

Poblé los cielos de bondadosos monstruos.

Yo tenía veinte años: el año empezaba.

La abominable tripulación puso proa al paraíso.

¡Proa al paraíso, charcos de maldad!

(” ¡Nunca te traicionaré! ¡No me rendiré mientras chapoteen las sirenas! -mentíale a mi musa”.)

Remonté ríos de erizados dientes.

Era el tiempo humeante de mi generación.

Todavía escucho gritar a los unicornios pisados por la multitud.

El gentío himpla para que abdique.

Pero yo no cambio de plumaje: me niego a iluminar con mi canto los fétidos establos de la noche.

No más embustes: que el Poeta se quite el antifaz y muestre su pico afilado.

Rabiosos ejércitos nos buscan.

Mas yo vuelo hacia el futuro, yo anido en el pasado.

Os prometo: una brisa de alondras refrescará el infierno.

4. Y llegó el tiempo del murciélago…

En los caminos colgaron a los elfos.

Pintarrajearon a las hadas antes de forzarlas.

Fracasaron mis magias.

Vagué por llanuras de trapo,

Me hinché de moscas como un verano gordo,

Estuve en Samarcanda, la de cabeza sumergida.

Sólo insectos poblaban tu urbe, desesperación. ¡Oh desolado, sólo tu pueblo ciego te miró envejece. ante las murallas!

Atravesé salones enjoyados donde el tigre husmeaba tigres gigantescos entre cuyas zarpas pasan ríos despavoridos.

Huí de aquellas tribus.

Llegué a Nínive, la de ojos sangrantes.

La tarde era un pez de tetas fosfóricas: el río arrastraba imperios de oro danzante: yo mismo era una serpiente.

Tuve suerte: me amamantó una hembra cuya gordura a los naturales aniquilaba.

Yo saludo a la que me llevaba muérdago y ratones frescos a mi cubil, yo celebro a la que lamía mis cabellos

Oh Nínive vestida con mi dicha. Nínive de ojos inaccesibles.

Nínive de torres soñolientas.

Nínive donde queda mi corazón ardiendo.

Así empezaron los años de mis inolvidables desgracias, aquel amor que fue mi ruina.

5. Al salir me derribaron los coletazos del viento…

enloquecido por los piojos.

Para vivir compuse canciones: la turba me arrojaba oro entre los barrotes.

Ya era tarde.

Enfermé.

Agonicé en los bosques. Mi trono era la luna; mi cetro, el aullido del lobo.

Peinábame el sol, adulábanme sus hipócritas vasallos.

Recliné la frente en las catedrales.

Caían las torres envenenadas

Sangraban los obeliscos.

El mar encaneció, las islas huyeron. * * * * *