América, a mí también debes oírme. Yo soy el estudiante que tiene un solo traje y muchas penas. Yo soy el desterrado que no encuentra la puerta en las pensiones. Te digo que en las calles y en las azoteas y en las cocinas, y al fin de cada día y en mi pecho, algo está muriendo.
Escúchame: Yo soy el desterrado, yo vagué por las calles hasta que los perros lamieron mi amor desesperados. ¡Acuérdate de mí! Hay días que no tengo ganas de ponerme los ojos, días en que hasta los pájaros se pudren a la mitad del vuelo.
¡Amor, amor, tú no has dormido en cuartos inmundos; tú no sabes lo que es vivir con una mujer que zurce su ropa llorando!
Ay, durante siglos los poetas callaron y en el silencio sólo se escuchaba un susurro de abejas que sonaba, hasta que ya no pudimos más, y el dolor empezó a mancharlo todo: la mañana, el amor, el papel donde cantábamos. Un día el dolor empezó a gotear desde abajo, daban los muros gritos desgarradores, una mano amarguísima volcó mi pecho. Ahora vengo a ti gimiendo, aquí está mi voz encarcelada debajo de esta frente, derrumbado. De “Las imprecaciones” 1955