Viento del olvido

Viento del olvido

Como a todas las muchachas del mundo, también a Ella, tejiéronla con sus sueños, los hombres que la amaban.

Y yo la amaba.

Pudo ser para otros un rostro que el Viento del Olvido borra a cada instante. Pudo ser, pero yo la amaba.

Yo veía las cosas más sencillas volverse misteriosas cuando Ella las tocaba. Porque las estrellas de la noche ¡Ella con su mano las sembraba!

Los días de esmeralda, los pájaros tranquilos, los rocíos azules, ¡Ella los creaba!

Yo me emocionaba con sólo verla pisar la hierba.

¡Ah si tus ojos me miraran todavía!

Esta noche no tendría tanta noche. Esta noche la lluvia caería sin mojarme.

Porque la lluvia no empapa a los que se pierden en el bosque de sus sueños relucientes, y sus días no terminan y son sus noches transparentes.

¿Dónde estás ahora? ¿En qué ciudad, en qué penumbra, en cuál bosque te desconocen las luciérnagas?

Tal vez mientras escribo, estás en un suburbio, sola, inerme, abandonada…

¡Abandonada, no!

En tu ausencia mi corazón todas las tardes muere.

De “Desengaños del mago” 1961:

Desengaños del mago

A Jorge Zalamea in memoriam

  1. Yo vivía en una torre que custodiaban tardes de susurrantes collares.

Yo acechaba a las caravanas que, al caer los crepúsculos, entraban en los patios polvorientas de azul.

Yo jamás dormí.

Tal vez dormí, tal vez soñé que un ruiseñor sediento secaba los mares.

Tortugas sospechosas empezaron a seguirme.

Yo en las tardes miraba flotar en los estanques ciudades de ojos magnéticos.

Cada noche la marea depositaba en los árboles islas dormidas.

Lucy sollozaba por los elefantes enredados en mi barba. Lucy era una gaviota. Yo era un cangrejo, un lirio, un árbol relampagueante.

  1. Déborah: si alguna vez desciendes de los tejados, si alguna vez emerges de los cementerios donde vives, y cruzas (ave o demonio) por la Plaza del Oso, me verás bajo la lluvia esperándote. Porque amé tu calavera de conejo, amé hasta enloquecer tu rostro dañino.

Déborah y yo cabalgamos sobre un escarabajo de ojos penetrantes y en días de tristeza recorrimos espejos, uniformados de azur.

Déborah se mataba las pulgas mientras yo recitaba mis grandes cantos.

Sólo una vez me permitió besarla. Fue en los jardines: la primavera silbaba su tonadilla. Ella movía la cola, azorada.

Pero tan pronto la besé, sacudió el polen de su falda, aulló a la luna y huyó por los desfiladeros.

Yo felizmente era un topo, dichosamente excavé un túnel.

Yo estaba solo amancebado con la luna. Bien lo sabes, Déborah, mi araña incomparable,

¡Oh mi alondra! ¡Oh mi cítara enlutada!

  1. Antaño fui un mago melancólico, panteras invulnerables me seguían arropadas en sus sedas.

Poblé los cielos de bondadosos monstruos.

Yo tenía veinte años: el año empezaba.

La abominable tripulación puso proa al paraíso.

¡Proa al paraíso, charcos de maldad!

(” ¡Nunca te traicionaré! ¡No me rendiré mientras chapoteen las sirenas! -mentíale a mi musa”.)

Remonté ríos de erizados dientes.

Era el tiempo humeante de mi generación.

Todavía escucho gritar a los unicornios pisados por la multitud.

El gentío himpla para que abdique.

Pero yo no cambio de plumaje: me niego a iluminar con mi canto los fétidos establos de la noche.

No más embustes: que el Poeta se quite el antifaz y muestre su pico afilado.

Rabiosos ejércitos nos buscan.

Mas yo vuelo hacia el futuro, yo anido en el pasado.

Os prometo: una brisa de alondras refrescará el infierno.

  1. Y llegó el tiempo del murciélago.

En los caminos colgaron a los elfos.

Pintarrajearon a las hadas antes de forzarlas.

Fracasaron mis magias.

Vagué por llanuras de trapo,

Me hinché de moscas como un verano gordo,

Estuve en Samarcanda, la de cabeza sumergida.

Sólo insectos poblaban tu urbe, desesperación. ¡Oh desolado, sólo tu pueblo ciego te miró envejece. ante las murallas!

Atravesé salones enjoyados donde el tigre husmeaba tigres gigantescos entre cuyas zarpas pasan ríos despavoridos.

Huí de aquellas tribus.

Llegué a Nínive, la de ojos sangrantes.

La tarde era un pez de tetas fosfóricas: el río arrastraba imperios de oro danzante: yo mismo era una serpiente.

Tuve suerte: me amamantó una hembra cuya gordura a los naturales aniquilaba.

Yo saludo a la que me llevaba muérdago y ratones frescos a mi cubil, yo celebro a la que lamía mis cabellos

Oh Nínive vestida con mi dicha.

Nínive de ojos inaccesibles.

Nínive de torres soñolientas.

Nínive donde queda mi corazón ardiendo.

Así empezaron los años de mis inolvidables desgracias, aquel amor que fue mi ruina.

  1. Al salir me derribaron los coletazos del viento enloquecido por los piojos.

Para vivir compuse canciones: la turba me arrojaba oro entre los barrotes.

Ya era tarde.

Enfermé.

Agonicé en los bosques. Mi trono era la luna; mi cetro, el aullido del lobo.

Peinábame el sol, adulábanme sus hipócritas vasallos.

Recliné la frente en las catedrales.

Caían las torres envenenadas

Sangraban los obeliscos.

El mar encaneció, las islas huyeron.


Vals gris

Las torres más valientes agachan la cabeza cuando el otoño llega con el plumaje acribillado.

En otoño los árboles encienden sus ojos más tristes.

Otoño sin embargo era cuando miré en tus ojos comarcas donde ardía otro sol.

Agosto, el cojo malvado, escupía las ventanas; la niebla graznaba en los tejados.

Pero nosotros caminábamos -oh praderas, oh puentes- por países de diamante.

Tus veinte años saltaban como peces y el corazón merlín se me saltaba.

En el palacio de las luciérnagas bailamos danzas desgarradoras.

Hoy llega sin ti el otoño y sin ti los crepúsculos desalentados sólo saben ponerse sus viejos trajes.

Los pájaros idiotas repiten verdosos las canciones de ayer.

Lentas cruzan el cielo las tardes astrosas.

Pobre el mundo: sólo tú autorizabas lo maravilloso.

Vivir es largo. Ave carnicera es la Melancolía.


Vals verde

A Rubén Bonifaz Nuño, en memoria de los días que galopamos por los desiertos allá lejos.

No viajaremos a países de cabellera incandescente.

No partiremos, no saldremos de la ciudad ululante.

Bajo los árboles vertiginosos del crepúsculo, vestidos de viudos, hemos de vernos.

En las estepas de los gentíos me verás, te veré, nos veremos.

Y alrededor de nosotros los recuerdos de pico ensangrentado.

Las hélices amarillas del otoño degollando pájaros inocentes.

Cierta tarde -cualquier tarde- en una esquina nos desconoceremos.

Y por calles diferentes a la vejez nos iremos.

De “El vals de los reptiles” 1970

Dalmacia

Como Jonás viví mi juventud en el vientre de Dalmacia.

Brisas eran mis cabellos, tifones mis cejas.

En tu vientre más alto que Orión millones de estorninos revoloteaban.

Yo me sumergía a buscar pececillos, recorría ramblas, penetraba a los iglúes a dormir con ondulantes hembras.

El viento de marzo quiebra los frascos donde Dalmacia guarda nuestros fetos. Villanos: éste es el tiempo en que menstruan los años. Éramos felices: por nuestros anillos Saturno saltaba dichoso. Jaulas de alisios, auroras palpitantes Dalmacia me traía. Pero faltaron las brisas, las pestes despoblaron los mares. Bajo soles negros, la lengua seca, vagamos por océanos calvos.

Dalmacia agonizante me vomitó sobre las playas, Yo quise besarla, hacia países verdes en brazos conducirla.

Yo grité desde los acantilados: ¡Dalmacia, es difícil vivir! ¡Es difícil llevarse a los labios tazas humeantes de sueños!

No me oía. Entre los témpanos nadaba para siempre neblina.


Eva

Entre todas las doncellas que pastan en los patios del Sofista ninguna más hennosa que Eva,

Eva, la del cuello especialmente creado para ramonear hierba en otros planetas.

Eva,

ahora sólo eres un agujero donde el zorro esconde sus tesoros epilépticos.

Eva,

por tu anillo pasaban tiritando, el falo erecto, los planetas iracundos.

Eva y yo a picotazos disputábamos los gusanillos de los años. Ustedes son jóvenes, ustedes nunca sabrán cómo era este poblado en el tiempo en que la ciudad vivía colgada del rabo de los purísimos mandriles.

La corniveleta muchacha llegaba. Hervía la ciudad. En los billares pastan las calumnias, en los circos cacarea la arena. Me saltan las lágrimas cuando el Dandy me conduce a los balnearios donde Eva los obeliscos de nuestra pasión empollaba:

Por las playas buscábamos delirios, quizás estrellas, megaterios.

Decenios recorrimos las arenas hasta reconocer tus ojos en una malagua.

Eva: tu belleza ofendió a las matronas.

El Inquisidor mandó desnudarte: en tus senos los alguaciles descubrieron huellas de los mordiscos del Giboso.

El gentío aulló: esa misma tarde te condujeron a la hoguera.

Desde entonces ardes y a veces en las noches me despiertan los chillidos de tu calavera azul.

Otros poemas:

El desterrado

Cuando éramos niños, y los padres nos negaban diez centavos de fulgor, a nosotros nos gustaba desterrarnos a los parques, para que viéramos que hacíamos falta, y caminaran tras su corazón hasta volverse mas humildes y pequeños que nosotros.

Entonces era hermoso regresar!

Pero un día parten de verdad los barcos de juguete, cruzamos corredores, vergüenzas, años; y son las tres de la tarde y el sol no calienta la miseria. Un impresor misterioso pone la palabra tristeza en la primera plana de todos los periódicos.

Ay, un día caminando comprendemos que estamos en una cárcel de muros que se alejan…

Y es imposible regresar.

Rumor en la nostalgia antigua

Cuando la luz cansada de embestir al día vara en los muelles su cadáver dorado, y está el silencio entre los ausentes y las golondrinas, poniendo huevos lentos, ¿vuelve el agua a los pétalos del rayo? ¿torna el cristal a desplumarse en la azucena? ¿escuchas al otoño, bandada por bandada, aterrizar entre los resortes ruinosos del poniente, me oyes llegar pisando el olor que humea de las manzanas sumergidas, me escuchas…?

Yo recuerdo que el día en que la luciérnaga se puso su anillo de barcos perdidos, el tiempo bajó a mirarte hasta las cosas mudas. ¿Quién se acordó entonces del rocío sujetando a las palomas ? ¿quién racimo de planetas enfermizos ? ¿quién soledad desfondada por los muertos? ¿ quién cuchillo afilado en la luna? Era el mes de las olas arrodilladas esperando tu corona. Era la mitad desde el plumaje deshecho de la tarde, desde las corrientes, desde el olvido.

Y ahora estoy en medio de los meses invadidos entre las finales cáscaras del día!; oigo que te pones el vestido sucio de un fantasma, siento que un sol ciego te llueve con plumas aguas, y ya no te conozco. ¿Quién, pues, eres tú que desaguas eternamente al otoño con tu cubo ? ¿quién que enroscas tu barba al horizonte?

Ésta es la hora en que la luz se arranca las pestañas tirita el lirio en la cama polvorienta del relámpago, viaja el toro al dorso del bramido. Ésta es la hora en que a tu isla de párpados recién cernidos llega la lluvia desangrándose de ruiseñores. ¡A ver la niebla, que él está mirando!

¡A ver la hierba, que yo no tengo la culpa que empañe el paisaje como un vaso!

¡Ah, combatiente, qué dirías si vieras el resplandor que te encuaderna las entrañas! ¡Ya no es posible que no sepas que tus dedos emergen de los golfos trayendo aquí todos los días una flor de luz petrificada! ¡Ya no es posible, ni tampoco quiero, que mi corazón se vaya en el carruaje amarillento de las hojas!

Mas no lloradlo. A Él lo construye perpetuamente el agua. En el principio, cuando la lágrima vuelve a su trono transparente, lo edifica el viento que borra los sepulcros. ¿Qué lo han visto en los malecones por donde llega el otoño, de jazmín en jazmín desde el fondo de la tierra?

Levántate, las gentes no quieren creerme que por todas partes limitas con el alba, que estás en la gota donde, ya en ruinas, agitando los brazos se despide el horizonte…

* Publicado en “La Tribuna”, el domingo 5 de septiembre de 1948