Forastera

Forastera

“No soy de aquí”. No. Procedía de lugares mineros. De tinieblas totales encerradas y ocultas. De la sombra apresada que ya la hizo suya, así, predestinándola a ser noche, a ser dura claustrofobia que se disfraza de panal, que inventa brazos para el contacto y senos, piernas y sexo acogedor. “No soy de aquí.” Él último en saberlo miró la mina en ella: antracita rabiosa en el cabello, ojos de acecho en donde se encrespaban grillos enfebrecidos. Era el muchacho que iba de la novia -casta o así- a sus profundidades flácidas. Novia inocente o algo parecido. Desde ella a la tan ensayada entregada de algo vacío y sórdido.)

“No soy de aquí.” De aquí, ¿quién es? Todos vinimos de úteros felices, paraísos de nata y luz atónita. ¿En dónde estaban, al llamarnos, ellos? ¿Cuál era su país, entonces, cuál su pequeña patria, la parcela de amor y de placer, su desmesura en la alegría y en el ansia…?

No es de aquí. Pero aquí está y aquí espera. ¿Qué? Ella sabe que está aguardando algo distinto, extraño, que no será nunca el cotidiano santo y seña. Algo quizás que estuvo el1 el principio y va a volver a recobrarla, a desnacerla, a darle finalmente, parte mínima en lo suyo: así, espera. Cada noche. Impasible.

De “Nocturnidad y alevosía” 1993