A Rosa Mª Rodríguez Magda Se llamaba -yo creo que se ha muerto y lo que a veces surge es su cadáver- Greta Garbo o Gustafson, una sombra, una mujer que siempre regresaba de mundos golpeados, derruidos, y se acostaba, leve, en el silencio, larga, flotante Ofelia de las nieves. Era la niebla de una isla nórdica poblada por abetos y abedules. Una santa Lucía sin corona de resplandor, sonámbula y felina, que siempre parecía estar sacando su mirada del agua. Mujer presa de la fatalidad y la amenaza, tenía horror al viento, miedo al día y se huía a sí misma, distanciándose como si al verse no se conociera. Bebía siempre luz glacial. Llevaba la luz por dentro, en lugar de sangre y goteaba luz cuando lloraba. Sin embargo, más que estrella era luna sola y feliz, en soledad creciendo, satélite que roba claridades para vivir en claridad perfecta.
Era además, la extraña criatura de la lluvia, el ser febril y altivo tormentoso y feroz de la tragedia, el gesto femenino despertándose en un tiempo de bruma y desconcierto, después de haber dormido sueños hondos sin más amanecer que la esperanza. Era el amor, pero otro amor, traía con carne estremecida y beso fiero la pasión, no encubierta, de la hembra que no se deja poseer, posee… Ignoro si era actriz, pero tenía de todas las mujeres que se fueron y anticipó el futuro como suyo. Ella se reinventó, con la energía de esgrimir su elección y su derecho a esa absoluta soledad, tremenda, de los seres nacidos islas libres y se fue, se perdió bajo la lluvia de donde nos llegó a través del agua.
(Una anciana sarcástica, pasea soledades vestidas con su nombre. No nos recuerda ya. Ni se recuerda.)
De “Hojas para algún día de noviembre” 1993