Dama desconocida. Esquivel. (Me hace daño la luz.) A ella, no. A ella la protege, la inventa, falsifica las fases sucesivas de su inmovilidad. La trae hacia el televisor donde quiere asomar sombras, residuos, restos de lluvia, manos inactivas, huidas que se acercan, tiempo, nube, oquedades, silencios que alguien lleva en grito, o simplemente músicas perdidas y olvidadas.
Románticas blondas. Abanicos que huyen -no abanicos no, son golondrinas que exhiben plumón y ala- rozan la fiebre del latido. Dama en negro (travestida tal vez de golondrina) asomada al pequeño barandal del aire para no ser jamás. Desesperado el alarido se estremece, se re inventa la tristeza, se suicidan las ansias de vivir de tanto querer ser y no ser vida…
El museo te guarda, dama angélica, que huyes de ti misma, que no quieres ser mujer, sino extraña forma de lo imposible, isleña de ti misma, rodeada de semáforos tuertos y asfaltos que te ignoran.
De “Para desconocer la primavera” 1997