Las guisabas con mimo, las amabas, porque tenían que ponemos fuerza en la sangre. Su hierro la querías para así apuntalamos y que entonces pudiéramos erguir algo de vida.
Hasta laurel llevabas, todo aroma, a la gran reunión, a la asamblea. El fuego, buen amigo de tus manos, obediente y pequeño, le embestía a tu otra amiga, su enemiga, el agua.
Era tu guerra chica interminable en el frente que urdías con el rito diario, de enfrentar dos elementos a combatir furiosos por nosotros. Era aquella tu España diminuta.
Las lentejas cocían tu esperanza, nuestro futuro tierno, nuestra historia. Erguían estatura al aire, daban voracidad de dientes, daban rabia de paladar. y alegría de estar vivos. Lentejas con laurel y lo que hubiera. Crecíamos. El humo y el aroma venían de tus manos, hueso ahora, madres del hueso articulado mío.
De “Biografía breve del silencio” 1975