Sabed que ya no hay noche que no brilla la luz en las mesillas y que el agua se apresta a ser bebida cuando llegue el insomnio.
Sabed que el aire se hace denso y que pesa en los hombros y en la lengua un millar de alfileres horadan la saliva mientras riegan las calles dos mil gotas de lluvia destilada.
Ya no hay noche. En la desolación de los espejos brilla un fuego concreto de metales que aviva el desamparo de los números.