Lloraba sórdidamente por mi leve garganta, por donde resbalaban tímidamente las palabras húmedas, las palabras sin nombre todavía. Respiraba con lentitud forzada, para que mi agonía no se lanzara presurosa al aire, porque a mi alrededor había mucha gente. Estaba en la deshilvanada y familiar cola de un pequeño cine de barro: el “Chamberí” (donde las butacas habían de estar calientes -era de sesión continua-, donde un vaho maloliente penetraría por mis poros durante más de dos horas, donde, acaso, una “extraviada “ pierna rozaría la mía y un taconazo afiladísimo intentaría hacerle comprender a aquel podrido hueso, su humana condición de animal primitivo, donde…), y me puse a observarla. Novios, de los que luego parecería estaban ocupando una sola butaca. Niños que, mientras daban puntapiés en el asiento de delante, irían alfombrando la sala de cacahuetes o pipas. Hombres y mujeres de una edad ya madura, pero infantiles, sencillos, que se reirían estrepitosamente cuando el protagonista, al resbalar y caerse, se embadurnara la cara con una tarta de crema, o llorarían con idéntica facilidad ante cualquier lance folletinesco, e irían alternando las carcajadas y el llanto con un gran bocadillo de tortilla.
Sí, allí estaban todos esperando su turno para tomar la entrada. Contentos, felices con sus pequeñas aspiraciones satisfechas. Para ellos aquel rato de cine vendría a ser como una continuidad de lo que llevaban dentro. Como un esparcimiento honesto tras una jornada de intenso trabajo. De pronto me miré, me miré hacia dentro y comprendí que yo allí desentonaba, ya que mi alma, no estaba acorde con la levedad del momento, porque lo único que iba buscando allí era una pequeña muerte de dos horas y pico.