Un espejo ovalado. Un radiador pequeño de calefacción. Mis manos calentándose. Mis ojos se clavaron en él. Un rostro, que no reconocí, me miraba paralíticamente avejentado.
Afloraba a los oscuros ojos de aquel rostro un profundo dolor que venía de adentro. Que era oscuro y tenaz. Cristalizó. Y, en forma de agua amarga, resbaló hasta la piel de mis zapatos húmedos.
Un caos de innumerables dardos afilados castigó mis sentidos. Con las manos abiertas golpeé la pared de ambos lados del espejo ovalado. ¡Dios es bueno! Me asusté de mi grito. Los dueños de la casa al otro lado… Acerqué mis oídos al tabique azotado. La radio transmitía un estridente mambo. Respiré sosegada. Me arrojé sobre el lecho. Y miré largo rato los fantasmas que la humedad había dibujado sobre las paredes.