La voz

La voz

Aquella tarde me dolía el cuerpo. Era un dolor vulgar de materia imperfecta que se quiebra. Aquella gente extraña con quienes compartía diariamente el techo, el pan y el agua -claro que les pagaba-, indiferentemente me observaban. Y lo sabían, sí, moscardones horribles, enlutados por alguien que ni habían amado. Con un zumbido hiriente bajo sus tan peludas y viscosas alas. Con ese tornasol que da la envidia cuando orea las almas. Con sus antenas rígidas, sin vibración posible, viviendo para sí. Con la brutalidad de las piedras intactas. Sin un hoyuelo leve para mi dolor grave. Ya en la mesa sentí avanzar el llanto impetuosamente desde el corazón. Era la humillación que se acercaba. No debía de ser. Sacudí fieramente mi cabeza, la eché atrás erguida y me puse a comer -¿comer?-, sólo sé que tragaba, pero no sé si carne, si pescado, si llanto. Salí de aquella casa maldiciendo. Bueno, maldecir no sabía, pero dije con furia: “Yo bailaré una rumba en vuestro vientre cuando el dolor os nazca con la vida.” -No te asustes, Señor, nunca lo haría; este pequeño corazón es bobo-.

Con ansiedad de corza perseguida, asustada y herida, dando saltos y huyendo me refugié en el hueco de unos brazos. Buscaba una palabra, una pregunta tierna que cubriera aquella desnudez que me asolaba. Pero tampoco allí logré encontrarla. En aquellas arterias el deseo giraba vertiginosamente, y no era mi dolor lo que apresaban. Huí, huí de nuevo. Aquello era peor. Allí yo amaba. Con mi doble dolor a las espaldas -ahora, me dolía ya el alma-, penetré en una iglesia. Dios estaba allí. Como si lo ignorase le fui contando quedamente todo. Él se quedó callado, mudamente callado. Sí, sí, y me había escuchado, lo sabía, pero nada me dijo. Nada me preguntó tampoco Él. Su silencio aumentó mi tormento. Salí a la calle con un vestido nuevo de confusión, de niebla, pero a la vez rasgado. Se veían mis muslos. Contraídos, con sus tendones rígidos, porque mis pies, por vez primera, sí, querían pisar fuerte, desgarrar el asfalto y herirlo, herirlo tanto cuanto que a mí él me hería tenazmente.

Las bocinas, los guardias, aquella gente que me avasallaba para pasar delante -como si hubiera premio al final de la acera-, era tremendo y duro. De pronto, sentí una voz suave que reconocí: “Qué tienes, hija, qué te pasa, dime. “ Madre, dije bajito, y me quedé pegada al ceniciento asfalto que mis suelas venían machacando con ahínco.

Las estridentes voces de un taxista -que tuvo que frenar para no atropellarme-, me hicieron despertar. Estaba tan contenta, que hasta le sonreí, olvidando de pronto sus feroces insultos. No quise ya esperar el ascensor para tomar el “Metro”. Bajé las escaleras saltando igual que un niño, de tres en tres. Silbando una canción ligera, y por la noche aquellos moscardones enlutados me parecieron ya casi palomas. De “Humana voz”