Las cosas viejas

Las cosas viejas

Qué boba soy, Señor, -me da vergüenza que lo sepa alguien-, con cuántas cosas cargo. Sin motivo. Esta pluma así vieja que ha girado mi llanto. Este abrigo teñido, o mejor, desteñido, porque cuántos inviernos… Esta horrorosa planta tan raquítica como mi corazón, porque ha sobrevivido -como él- la angustiosa miseria de la ventana oscura de este patio indecente. Y así, muchas cosas menudas que yo siento. Indefensas. Y debiera dejarlas, jubilarlas, tirarlas; ahora ya podré cambiarme, -el nuevo sueldo de los funcionarios…-. Pero no. No podría olvidarlas, y llevaré conmigo estas pequeñas cosas así dóciles. (Sería tan cruel si las dejara…) Ellas, compartieron mis horas de agonía. No los seres humanos. Además tengo miedo, Señor. Otro sitio. La Vida, y seguiré tan sola. Desgajada, y estas cosas amigas, pronunciarán mi nombre desde su silencio. Y cuando allá muy dentro la ternura, me arañe y me desgarre -por tenerla encerrada-, lo mismo que otros días, yo miraré estas cosas tan sencillas, tan mínimas, tan entregadas desde su inconsciencia, y, lentamente, mis venas, se irán tornando mansas. Sosegadas.

Oh, Señor, si al menos pudieran comprender cómo las amo.