Señor, esta vida prestada que sostengo a fuerza de dolor hecho ya aliento, aliento que me pesa estancado remanso que no fluye ni se renueva con cada latido- es como las demás. También prestada. Pero a mí me dejaste pendiendo la etiqueta, el marchamo que dice a todas horas -porque un viento en el alma lo remueve-: “Que no me pertenece.”
Y se posan mis tan oscuros y tristones ojos sobre toda planta que en la tierra crece y sobre todo ser humano que a la vida se entrega totalmente. Apasionado. Con asombro los miro, porque a ellos les arrancaste un día la etiqueta. La etiqueta que a mí, angustiosamente, me baila sin cesar. Frente a los ojos.