Una verdad me sigue por la calle. Casi roza su sombra con la mía. Oigo cómo se enreda entre las buganvillas, cómo gime implorando el abrazo de las tapias hasta caer inerte sobre el suelo.
Dios mío, si es posible, pase de mí su rostro, este encuentro con ella a vida o muerte, la tristeza tan larga que me augura.
La calle se hace ahora más estrecha, más húmeda y extraña. Continúan goteando su livor las buganvillas. Vuelvo la vista atrás. Allí está ella, erigida en el tiempo, modelada por caricias. La miro. Es sólo mi reverso.