Ellos tenían siempre la cosecha más roja...

Ellos tenían siempre la cosecha más roja…

Ellos tenían siempre la cosecha más roja, la uva centelleante. A veces, al mediodía, cuando el sol embriaga -si no, nunca nos atreviéramos-, mi madre y yo, tomadas de la mano, íbamos por los senderos de la huerta, hasta pasar la línea casi invisible, hasta la vid de los monjes. La uva erguía bien alto su farol de granos; cada grano era como un rubí sin facetas con una centella dentro. Ellos estaban aquí y allá con las sayas negras o rojas, y parecían escudriñar diminutas estampillas, grandes láminas, o meditar profundamente sobre el Santo de esos lugares. A nuestro rumor alguno dirigía hasta nosotras la mirada como una flecha de oro o de plata. Y nosotras huíamos sin volvernos, temblando bajo el inmenso sol.

De “Historial de las violetas” 1965