Había nacido con zapatos. Rojos, finos, de taco alto, que fueron la desesperación de todos los que vivimos juntos en aquel tiempo. Y en la cara tenía varias dentaduras, y lentes celestes como el fuego. Al pasar, por la tarde, parecía el ángel de la devoración con pie punzó. Mas, en realidad, amó la luz solar. Comía guindas, llevándose una a cada boca. Y sentía temor y amor hacia el Maestro Tigre que llegaba en la noche a buscar doncellas. Y nunca la eligió. De “La liebre de marzo” 1981