Tiemble tu corazón antes de hacerlo. Vas a juzgar no olvides, que hay un dolor de siglo en cada hombre, y una causa anterior, a lo querido. Cuando pongas tu pesa en la balanza, suma en piedra la parte que nos toca. Suma orgullo y desprecio y abandono, suma rosas y pan incompartido. Mira que en cada una de tus sentencias pongas tu señal de durar a signo limpio. Que tu sangre camine gota a gota, decantada, traslúcida, sin prisa, que las culpas ajenas necesitan un reposado espacio de medida. Guarda no olvidar a tu madre ni a tus hijos cada vez que señales un culpable, ni olvidarte de Dios cuando castigas; y perdona si es que temes tener que perdonarte. Suelta al fondo de ti hasta la pura contextura de sal que te contiene; palpa el rostro rugoso de la culpa, muerde amarga condena, sufre rejas y retorna cuando sientas crecer árbol de cuna y poblarte piedad desde tus hojas. Funde razón a fuego de conciencia duele el hombre que llevas, y medita; bajo la toga, hay un hueso que cruje la partida y una carne final que ya deshace. Vas a juzgar, detente…! Y cuando sepas Que la ley es aquello que tú lates y que vas conformándote a minuto propia génesis lenta de conducta, y comprendas, en el filo más fino de tu duda, en la ultima hebra de certeza que tu estrado es banquillo y que te juzgan, alza recién desde el barro y, juzga…!
Tienes algo de montaña… A tu lado me he sentido leve y me he creído blanca. Sin reparo te he mostrado mis llagas y a tu cumbre nevada a veces traje barro, y hecha pedazos mi alma. Y he vuelto siempre limpia, y he vuelto siempre sana.
Tienes algo de planta… es tan fresca tu sombra y es tan calma la voz de tu follaje, y es tu raíz tan honda. Al rumor de tu savia, descansé mi fatiga y adormecí mis ansias…
Tienes algo de mar… Toda la majestuosa distancia, del gigante de sal. Espuma y linfa, por magia de tu espejo mi cara entristecida, se ha visto cristalina. Y cuando en hora perpleja llegué a tus orillas tu verde voz me trajo de nuevo una olvidada tibieza de regazo. Eres tan humano que no pareces hombre tan majestuoso y blanco, tan fresco y tan hondo que pareces montaña, planta, mar… y aunque te asombre tan humano eres que no pareces hombre.