Tienes algo de montaña

Tienes algo de montaña

Tienes algo de montaña… A tu lado me he sentido leve y me he creído blanca. Sin reparo te he mostrado mis llagas y a tu cumbre nevada a veces traje barro, y hecha pedazos mi alma. Y he vuelto siempre limpia, y he vuelto siempre sana.

Tienes algo de planta… es tan fresca tu sombra y es tan calma la voz de tu follaje, y es tu raíz tan honda. Al rumor de tu savia, descansé mi fatiga y adormecí mis ansias…

Tienes algo de mar… Toda la majestuosa distancia, del gigante de sal. Espuma y linfa, por magia de tu espejo mi cara entristecida, se ha visto cristalina. Y cuando en hora perpleja llegué a tus orillas tu verde voz me trajo de nuevo una olvidada tibieza de regazo. Eres tan humano que no pareces hombre tan majestuoso y blanco, tan fresco y tan hondo que pareces montaña, planta, mar… y aunque te asombre tan humano eres que no pareces hombre.

Verano Hay arena y hay mar, y un horizonte que podría tocarse con las manos. Un instante canícula, vacío, pescadores tan solo que adivino más allá de envoltura, sal y espuma. Sin embargo, me circundan palabras y señales. Voy en busca de mí; partí hace tiempo, soy apenas, la pisada brumosa en la memoria de un distante hacedor alto, trazando nuevos seres, y nuevas borraduras. El sol viene a quererme; siento, dentro, ronronear mi pureza primitiva. Cae el párpado denso… Las palmeras reiniciaron su juego para estar durmiendo.

Yo no tengo la culpa…

Yo no tengo la culpa de amar tenaz la sombra de las cosas que fueron, y sentir la impaciencia del misterio que ronda, y vibrar la certeza de la luz que fulgura. Yo no tengo la culpa de quedarme conmigo en la hora del brindis, del laurel, de la espiga, en refugio de infancia, en retorno de escuela, en regreso a la tierna canción adormecida. Yo no tengo la culpa de sumarme a la noche, de soltarme en los techos en congoja de lluvia, de morir de vergüenza con aquél que se humilla, de quemarme en la fiebre mortal de los enfermos, de dolerme en las hojas pisoteadas de otoño, de gemir en las ramas de bramar con el viento. Yo no tengo la culpa de ser una partícula del cuerpo de la pena, del coraje, del sueño, del amor por la eterna tristeza de los hombres. Solo tengo la culpa de reunir en mis versos el dolor que rezuman esas cosas amargas que remuerden y acusan, de eso tengo la culpa…!