No hablaron una palabra el anfitrión, el huésped y el blanco crisantemo.
Ah, este camino que nadie recorre, excepto el crepúsculo.
El camino de la muerte, a pesar del sol de otoño, ¿quién querría emprenderlo?
La luna de la montaña ilumina también a los ladrones de flores.
¿Admirable, aquel que no piensa: “la vida huye” al ver el relámpago?
También esta cabaña de paja en este mundo tornadizo ha de transformarse en casa de muñecas.
¡Qué gloria! Las hojas verdes, las hojas jóvenes, bajo la luz del sol.
En la montaña de verano, adoro las sandalias divinas; viaje a la vista.
Quedó plantado el arrozal cuando me despedía del sauce.
De los cerezos en flor al pino de dos troncos: tres meses.
Pétalos de lirios atarán mis pies: los cordones de mis sandalias.
Bajo un mismo techo durmieron las cortesanas, la luna y el trébol.
Muévete, oh tumba, muestra que me reconoces: soy el viento de otoño.
Frescura de otoño. Melón y berenjena para cada huésped.
El sol brilla, brilla sin compasión. Pero el viento es de otoño.
Si he de morir en el camino, que sea entre los campos de trébol.
Desde hoy el rocío borrará tu nombre de mi sombrero.
Entre las olas: acá, los pétalos, allá, las conchas.
Al despedirme, escribí algo en el abanico, pero lo borré.