Tú ya no tienes rostro en mi recuerdo. Eres, nada más, la dorada tarde aquella en que la primavera se detuvo a leer con nosotros unos versos.
Y eres también esta tenaz y leve melancolía que sus pasos mueve sobre mi corazón, y casi no es melancolía…
Alguna vez yo tuve tu rostro y tus palabras… ¡Hoy no sé qué se hicieron!
Hoy eres solamente esas pequeñas cosas que se llaman un día, un libro, el lento
caminar de la mano de la estrella, y a veces, -pocas veces-, el silencio fijándome los ojos desolados en un sitio del aire, como ciegos…
Yo se que estás lejano de mi límite. Que ya no eres ni la voz ni el eco… si por el cauce de mi sangre subes, llegas, vano fantasma, hasta mi sueño.
Y te quiero mirar, y es esta tarde dorada, que ya dije, lo que encuentro…
La tarde que tenía un campanario entre los dedos y una humana dulzura en la manera de entendernos…
Tú ya no tienes rostro. Ya no eres.