De «Los reductos del sol»

De «Los reductos del sol»

III Me aferro al cuerpo como único reducto permitido.

Carezco de sitios de ternuras y llantos. De nuevo palpo la llama del pájaro quebrado. Busco abrigo en lana.

He puesto mis pies debajo de las aguas y por la presión de mis párpados callados sé que no soy ni siquiera una isla.

VIII Vivir, ya he dicho: Tener sobre las manos un fajo de papeles: un lápiz, libros, dibujos, sueños.

El alma al descubierto vulnerable. Estar así. Beberse a uno mismo. Sollozar.

Tomar el invierno para tejer una mansión de lino Vigilantes los senos, escondidos en la piel. Vibrar Repasar las camisas, acomodar los sueños, dejar en perfecta armonía los clavos, la canela, el azúcar y los aromas.

Dejar el alma al despoblado, musitar pequeños versos de Sor Juana, olvidar castigos y derrotas. Recordar el olor de un verano en Guanacaste. Fruncir el ceño por placer , sonreír por malicia. Vivir, acodada entre sombras, aniñando los ojos y olvidar, olvidar.