VII Al amor llegué con un grito de seda y puse las dos mejillas, el cuerpo y la conciencia.
Nada quedó de mí, ni siquiera una carta, ni siquiera un espejo en donde reconocerme. Mas aprendí a pasar por el ojo de la aguja, es decir a perdonar sinceramente. A dejar la piel en el alambre, a dolerme desde los pies a la cabeza.
Lo perdí todo. Y cuando entendí que no sabía defenderme de la gente, respondí con una bofetada de ternura, porque yo sé que sólo los dulces heredarán la tierra.