Toco la carta suavemente

Toco la carta suavemente

XIV Toco la carta suavemente. El mago murmura algunas palabras que no entiendo. Dice que la mujer del coche soy yo.

No puedo lanzarme desde aquí, aunque quisiera tener el valor de hacerlo. Soy yo, la mujer, esta criatura mágica que tira de las riendas de este coche, sin haber descubierto nunca quien las puso en mis manos.

No comprendo cuál es mi papel. Lo cierto es que estoy aquí desde siempre, en lo alto, mirando hacia adelante, sin parar, sin hacer un solo momento de tregua. No puedo hacerle concesiones a nadie. Estoy aquí yeso me basta.

Quiero que otra persona venta de pronto. Pero no. Nadie podría atravesar conmigo tantos lugares, tan altos, tan angostos y gigantescos sueños, aquí conmigo en este coche.

Temo perder las riendas. Si alguien viene podría adueñarse del coche, de los dragones y también de mí. Necesito llegar lejos, a las cumbres, a las puertas azules de los montes, o quizás más alto aún: a las nubes.

Temo quedarme sola; sin embargo no puede detenerme. Es el destino ya ese sitio se llega a oscuras en la ceguera total. Tiene que haber un final, por eso continúo mi ruta, mi viaje total con las estrellas. ¿Cómo será ese fin? ¿Será la muerte líquida, será la muerte blanca, la de la creación, la que me aguarda, o será la muerte-muerte?

Basta, no importa ya nada. Tengo mi alma y el coche en movimiento. Soy la mujer que dirige un carruaje con los dragones de Medea. Sé hacia dónde voy. Si alguien pregunta por mí, díganle que me vieron pasar, que salí al alba y que no regreso más.