Ría I

Ría I

Polvaredas de luz suspensas sobre la ría. Aire vegetal inmóvil sobre el aliento antiguo del agua. Fluyente ser submerso en el polvo de la tierra ebria de lunas diluidas. Reverdor ceniciento, voracidad lentísima de una simiente líquida de incesante textura.

La ría es una hembra yaciente que desnuda sus frutos sin viento. El silencio es tan blando que es ofrenda de música en los maternales meandros que funden el sentido y serenan el ritmo cenagoso de la luz, el extinto color del cielo sobre la frágil materia que destiló el tiempo, las albas y los crepúsculos que contiene esta agua durmiente, este volumen lleno de primitivas savias.

Oh dúctil contemplación de este sabor oculto! Deslizada dulzura de poros recrecidos en la carnación de un cuerpo manso como una luna húmeda.

Esta espesura lenta y recurva del agua, este color confuso que sedimenta las formas, las sustancias saladas que aproximan un soplo submarino y fecundo; este templado seno de sonámbula muerte sosegada y triunfante; la vibración oscura de esta piadosa masa ondeante en la llanura; irisado reflejo que destensa el crepúsculo tendido sobre el largo estuario.

Respiro esta belleza extraña que invade la salud del aire, este aroma sumido en las pausadas brisas que pulsan el espíritu de la tarde, las embriagadas láminas de la fina neblina anaranjada y oro -hálito sensitivo de una muerte difusa que destiñe el ocaso.

Ah qué lejano y profundo va entrando -dolor suave- el mar tan silencioso en nuestro corazón.

De Entre agua e fogo. Cantos da terra posuída, 1987