Qué tiempo aquel dorado de mi Dama la sola, cuántas olas oscuras viniéronla a abrazar: en qué secretas cámaras vi su cuerpo desnudo, y en su cuerpo la noche que a veces tiene el mar.
Qué playas de este mundo, qué soles cuando siento que muy sola mi Dama me convida a beber su vino del pasado, y el vino en mi garganta me hacen joven de nuevo con otro amanecer.
Qué lluvia hay en las sienes de mi Dama la sola. Me levanto y le digo: cuánto frío hay aquí. Y en el fondo del vino miro volar un pájaro negro, y está nevando, y deseo partir.
Y la Dama me sigue: qué insistente es mi Dama: cuánta niebla en sus manos, cómo sus ojos son países desolados por el hambre y la luna y las redes bermejas que le lanza el terror.
Cuánta nieve de antaño me ha traído mi Dama. Cómo sus ojos brillan si la trato de tú. Y siento que envejezco cuando me da una rosa, la rosa que cortara allá en mi juventud.