Amando, Amandiño, que eras de Corredoira, cómo vuelve esta noche, con qué mágica luz, aquel baño silvestre, y nuestras cabriolas desnudas por el prado salpicado de bostas, y aquella canción tuya, amigo agreste, bucanero de siete años -«Ay, ay, ay, bendito es el borracho»-, bajando por las hondas carballeiras desmedida, insistente y en pelotas. De aquel verano todo se ha perdido menos aquella hora maravillosamente sediciosa.
Después tú te quedaste por tu mundo, libre de calendarios; yo me adentré en el olor intacto de los nuevos libros. De ellos salía el camino que -cursos, gentes ciudades- me ha traído hasta esto.
Y ahora que contemplo mi vida y me vienen ganas de darle una limosna, le pregunto a los años qué habrá sido de ti, Amandiño, amigo de un verano; qué habrá sido de mí.
De “Curso superior de ignorancia”