(Homenaje a A. T.)
Invierno gris sobre las sementeras hurañas de Castilla. Atrás quedaron -niebla harapienta y hielo- los peñascos de Pancorbo, y la tarde palidece tras este parabrisas de mosquitos estrellados. La carretera, eterna -en la cuneta, un repentino vuelo de urracas-, va esfumándose a lo lejos, en el futuro. Por la radio insisten los políticos. Pasan camiones porcinos hacia Burgos. (Y algún tiempo después pasa su olor). Villamartín, Villarramiel, Frechilla, Villalón de Campos, tantos fantasmales pueblos de adobe -una bombilla solitaria ya encendida (¿por quién?)- de los que aún no se borró la antigua bienvenida de yugos y de flechas, espadañas con olvidados nidos de cigüeña, andrajos de carteles de algún circo…
Tras este parabrisas de mosquitos estrellados -el día ya apagándose-, postes y postes. Postes que sostienen pentagramas de pájaros sombríos. Postes como de un sueño. Pero mira esos cables y anímate, muchacho: acaso por alguno de ellos va ahora mismo -la vida no es tan negra, al fin y al cabo-, tembloroso de pura belleza, hacia cualquier oído perdido en la espaciosa y triste España, uno de esos poemas que recita tu amigo Andrés Trapiello por teléfono.
De “La imagen de su cara”
Como el agua
Como el agua se afana callada bajo el trigo,
como la tierra, humilde, elabora metales y eleva hasta la rosa la hermosura,
así, de esa manera, escribirás tus versos: sólo en hondo silencio germinan las palabras luminosas.
De “La música extremada”
Contraste
Ellos que viven bajo los focos clamorosos del éxito y poseen suaves descapotables y piscinas de plácido turquesa con rosales y perros importantes y ríen entre rubias satinadas bellas como el champán, pero no son felices,
y yo que no teniendo nada más que estas calles gregarias y un horario oscuro y mis domingos baratos junto al río con una esposa y niños que me quieren tampoco soy feliz.
De “Curso superior de ignorancia”
De misterio
¿Quién soy -Este intervalo de misterio entre la rosa ardiente que corto para ti y la rosa sombría que mi mano te tiende.
De “Curso superior de ignorancia”
Ella
Es misteriosa como el tiempo y el mercurio, delirante y exacta, álgebra y fuego. Cuando nadie la espera, coronada de escarcha baja tarareando con pies maravillosos por entre los helechos. Muchos enamorados consagraron su vida a llamarla, elevaron laboriosos palacios para ella y no condescendió ni a una mirada. No sirve para nada y son millones los que viven por ella. Cuando piensas que prefiere los locos y vagabundos, pasa del brazo de un ministro o Mr. Eliot. Es papeles manchados de tinta y es el mundo con hogueras y robles, despedidas, los Andes, la luna azul y Concha Valladares. Su rostro constantemente cambia, inconstante. Y no cambia. Bécquer la confundió con el Amor y es una forma de no ser feliz.
De “La música extremada”
Es lo que llaman gloria
Desconocidos que te escriben cartas. En tus versos, confiesan -entre un torpe amasijo de entusiasmo, inocencia y metáforas ciegas-, reconocen su vida.
Muchachos que han quemado unos pedazos de sus mejores años componiendo, con la más despiadada sinceridad, poemas tuyos (que te parecen tan mediocres como los tuyos tuyos).
Antologizadores que te ponen, como ropas extrañas, adjetivos, etiquetas, propósitos que jamás soñarías.
Amigas de tus hijas que te estudian en Lengua y que tienen que hacer un comentario de texto (¿o cementerio?) y te preguntan sobre las estructuras.
Hispanistas que vienen a enseñarte quién eres.
Y tú siempre dudando -y dudando tus dudas- si es que ellos no se enteran de nada, o si tal vez están burlándose de ti, confabulados en una broma cósmica (pero esto me parece demasiada crueldad para ser verosímil), o si acaso -y entonces eres tú quien no se entera- de tu boca sale la voz incandescente de un algún ángel -pero esto es ya ponerse demasiado sublime-.
Sólo hay dos cosas claras: que por alguna parte hay un malentendido y que todo este embrollo es lo que llaman Gloria.
De “Poesías escogidas”
Esposa
Con tu mirada tibia alguien que no eres tú me está mirando: siento confundido en el tuyo otro amor indecible. Alguien me quiere en tus te quiero, alguien acaricia mi vida con tus manos y pone en cada beso tuyo su latido. Alguien que está fuera del tiempo, siempre detrás del invisible umbral del aire.
De “Chrónica”
Fatum
Ese niño que llega, cartera remolona, botines desatados, al colegio de Sánchez no sabe que sus pasos felices por Sevilla -luz, patios, calles, cales- le acercan a Collioure.
París, rue Vaugirard. Ese muchacho gris y desmadejado que avanza hacia el otoño verleniano del hondo Jardín de Luxemburgo no sabe que camina hacia Collioure.
Por la alameda de oro -Soria pura-, lentos enamorados demorándose, mirándose en el Duero -Soria pura-. La novia, con manos inocentes, sacude la ceniza -tiza acaso- del hombro del poeta, que no sabe que tan dulces senderos le llevan a Collioure.
El señor que, enlutado como un cirio, con su bastón y pasos soñolientos -domingo provincial- sube a los olivares de Baeza no sabe que sube hacia Collioure.
El viejo arrebujado en sus recuerdos que mira cómo pasan, vertiginosos, los naranjos por la ventana del coche, y los aspira -Levante azul-, no sabe que por aquella ruta de flores y palomas y muchachas se está acercando a Collioure.
Un súbito frenazo, la puerta abierta, el frío látigo de la lluvia. Sale a la noche y anda entre voces anónimas, oscuras, y olor a bajamar. La lluvia. Unas preguntas francesas, tan extrañas como un sueño, la lluvia, los papeles, la lluvia, los gendarmes mojados alzando la cadena fronteriza. Igual que un sueño todo. Francia, ya clareando, y aquel cartel: «CPLLIOURE», nombre jamás oído. No sabe que allí estaba, desde siempre, esperándole su muerte.
De “Codex 3”
Insisto
Mi vida: tantos días que no estuve en El Cuzco ni en Siena ni en Grenoble, tantos aviones rubricando el cielo en los que yo no iba, tantas voces cuyo calor jamás tocó mi corazón. Sólo el tiempo, vacío, sólo el tiempo, esta estepa desesperada, sólo ver los martes, los miércoles, los jueves, ver cómo se suceden, implacables, los tubos de Colgate.
De “Es cielo y es azul”
Jacques Brel
En algún cementerio de algún lugar, ajeno a las hojas secas que el viento frotará sobre las losas y al juego menudo de los gorriones, yace, tierra sombría, Jacques Brel. No sabrá que su voz, susurrando Ne me quitte pas, nos empujó esta noche a ti y a mí hasta esta alcoba en la que ahora nos adormece esta tibia fatiga compartida.
De “Chrónica”
Las tres cantigas
“Reina de los cielos, madre del pan de trigo”. Berceo, Milagros de Nuestra Señora
I Qué música tus manos, fina corza del mayo más intacto, qué gesto de azucena, qué iluminada crece la hierba donde pisas.
Eres la tesorera del silencio, el sauce que se inclina a toda pena; eres la que se queda fuera de las palabras; sólo un nombre ojival puede nombrarte: madre del pan de trigo, sí. La sombra de una sonrisa tuya iguala a mil cerezos, y es que hasta tu sandalia nazarena, alondra cristalina, arpa de lágrimas.
Vienen del siglo XIII los mejores ruiseñores y minian tu aleluya.
También aquí mi boca con sus costras, mi voz, acostumbrada a hurgar entre basuras con hambres vergonzosas, intenta un vuelo azul y esta ramera rancia también te dice Salve.
II Afuera las cuadrigas, los edictos de mármol, los corros de reojo, los vivas insurrectos, pero dentro la cal resplandeciente, el agua justa en el cantarillo, la alacena sumisa y un silencio mejor que el de los astros.
Afuera las palabras profundas, el progreso sin duda, los debates en torno a los debates y la filología con ropas de virtud, pero dentro la escoba barriendo unas virutas, la sonrisa volando sobre el puchero alegre, la lámpara y su aceite precavido y un silencio mejor que el de los astros.
Afuera los denarios, la nueva danzarina, el circo clamoroso y los esclavos, pero dentro el geranio risueño en su maceta, el pan y el vino sobre la mesa, las honradas herramientas, los lienzos en el arca con membrillos bien sanos y un silencio mejor que el de los astros.
Afuera las posadas, su tráfico políglota, la púrpura y el crimen, los remotos camellos y las jarcias afanosas; afuera el mundo entero, pero dentro una niña con gesto de tórtola asustada que deja su costura de novia, que sonríe, que dice inmensamente: Hágase en mí según tus palabras y vuelve a su silencio, mejor, mejor, mejor que el de los astros.
III Eres madre del pan, eres un cuenco de leche hospitalaria, bien caliente; eres humildemente la cerilla que alumbra un apagón de cuatro siglos; eres la venda justa, eres paisana de todo lo que amo. La caricia candeal de tus manos disuade cada lágrima que congelada baja pecho adentro.
No me niegues a mí tu voz, la chimenea de todos los viajeros del invierno.
De “Poesías escogidas”
Otro poema de amor
Qué dicha no ser Basho, en cuya voz florecían tan leves los ciruelos, ni ser Beethoven con su borrasca en la frente ni Tomás Moro en el taller de Holbein. Qué dicha no tener un bungalow en Denver (Colorado) ni estar mirando desde el Fitz Roy el silencio mineral de la tarde patagónica ni oler la bajamar de Saint-Malo
y estar aquí contigo, respirándote, viendo la lámpara del techo reflejada en tus ojos.
De “Curso superior de ignorancia”
Pequeño testamento
Os dejo el río Almofrey, dormido entre zarzas con mirlos, las hayas de Zuriza, el azul guaraní de las orquídeas, los rinocerontes, que son como carros de combate, los flamencos como claves de sol de la corriente, las avispas, esos tigres condensados, las fresas vagabundas, los farallones de Maine, el Annapurna, las cataratas del Niágara con su pose de rubia platino, los edelweiss prohibidos de Ordesa, las hormigas minuciosas, la Vía Láctea y los ruyseñores conplidos.
Os dejo las autopistas que exhalan el verano en la hora despoblada de la siesta, el Cántico espiritual, los goles de Pelé, la catedral de Chartres y los trigos ojivales, los aleluya de oro de los Uffizi, el Taj Mahal temblando en un estanque, los autobuses que se bambolean en Sao Paulo y en Mombasa con racimos de negros y animales felices.
Todo para vosotros, hijos míos. Suerte de haber tenido un padre rico.
De “Curso superior de ignorancia”
Poema dentro de un sobre blanco
Ay, de todos los ríos que he visto y he cantado, de los que son un llanto, de los que se perdieron y por mucho que buscan no encuentran su destino, y de los orquestales, y de los escondidos a los que baja a veces a bañarse la luna, uno solo quisiera, uno pequeño y recto, uno con nombre fácil de tres o cuatro letras, y quisiera arrancarle a la tierra ese río, borrarlo de los mapas y subirlo a tu casa para que te cruzara la palma de la mano.
Aunque se malograran las cosechas, aunque todos los astros se apagaran un poco, aunque la primavera no llegase a las ramas, yo no devolvería a la tierra ese río y pasaría todo el resto de mi vida mirándote, mirándote, mirándote…
De “Del amor, del olvido”
Por favor
Se van muriendo uno tras otro como en las películas de náufragos o de aviones estrellados en neveros incógnitos.
Sucumbió el portero de fútbol catequístico y el bailarín de valses bajo la luz periódica de un faro
y el estudiante que sueña un verano arqueológico en Egipto
y el insensato que sufre por unos ojos que eran una sucursal del Cantábrico
y el posible profesor de español en Colorado.
Ahora está agonizando -es evidente- el aspirante a gran poeta y no vivirá mucho el montañero que conoce por sus nombres todas las aguas de Belagua y Zuriza.
No sé cuáles serán los supervivientes definitivos, los miguel d’ors que lleguen a la última secuencia -que según los antiguos es el paso de un río-, pero le pido al Cielo que en aquel grupo esté, por favor, el muchacho que una tarde, mirándote mirar el escaparate de la librería Quera en la calle Petritxol de Barcelona, empieza a enamorarse de ti como un idiota.
De “Hacia otra voz más pura”
Principio para un poema autobiográfico prologal
Yo soy aquel que ayer no más (si ayer puede significar «hace dieciocho años») cantaba del amor y del olvido. O, para ser exacto, de no sé qué campanas que oía algunas tardes no sé dónde -pero sin duda alguna allá por el ensueño- por motivos, supongo, de endocrinología (veintimuypocos años, y con Saturno encima llenándome y llenándome, sigiloso e imparable como esos camareros de restaurante bien, mi copa de tenaz melancolía, y, completando el cuadro -clínico, lo repito-, alguna que otra tierna compañera de apuntes con, por ejemplo, una manera angélica de pronunciar together en primero de inglés o un pañuelo estampado con momentos de hipódromo -consúltese el poema, que entonces me encantaba, «Agora qu’inda é tempo de cireixas»-), y también de esa atmósfera pura, cálida, azul, paradisíaca … y, la verdad, notablemente apócrifa que los críticos llaman «recuerdo de la infancia» y más o menos sirve de escondrijo -porque algo hay que buscarse- cuando desde muy dentro nos acosan como perros furiosos ciertas cosas que mire usted por dónde no son sino las negras consecuencias de lo que fue realmente nuestra infancia.
Raro asunto
Raro asunto la vida: yo que pude nacer en 1529, o en Pittsburg o archiduque, yo que pude ser Chesterton o un bonzo, haber nacido gallego y d’Ors y todas estas cosas. Raro asunto que entre la muchedumbre de los siglos, que existiendo la China innumerable, y Bosnia, y las cruzadas, y los incas, fuese a tocarme a mí precisamente este trabajo amargo de ser yo.
De “Es cielo y es azul”
Reproche a Miguel d’Ors
Tu corazón navega en la «Kon-Tiki», se adentra con Amundsen por la grandes soledades heladas, sube al Nanga Parbat con Hermann Buhl, se abre paso hacia el Amazonas, monta potros, se hunde en ciénagas verdes con fiebres y mosquitos, atraviesa desiertos, caza el oso.
Y tú aquí, traidor, en un escalafón y un horario.
De “Chrónica”
Splendor veritatis
Tu rostro, que aparece -un relámpago- y que desaparece. Muero buscando entre palabras apagadas un ascua de verdad que ilumine un instante ese rostro. Haberlo casi visto -un reflejo en el río- y vivir solamente para volver a verlo. Que aparece -un relámpago- y que desaparece. Qué dolor y qué gozo este mover palabras, materia que se cierra con espesor de piedra sobre Tu luminosa permanencia, o que logra un destello, o siquiera nos permite ese leve temblor de Tu inminencia bajo la piel de un verso. Es esto la poesía: buscar en las palabras, con las palabras, contra las palabras Tu rostro, que aparece -un relámpago- y que desaparece.
De “Curso superior de ignorancia”
Tal es la inspiración
Los antiguos hablaron de la Musa. Del Numen Don Manuel Josef Quintana (naturalmente, entre signos de admiración). Otros de ángel, de duende, de un dedo celestial y otros mil artilugios que en un Pérez -afirman- levantan un Poeta.
La experiencia prefiere dejarse de cumplidos: obstinada, nos habla más bien de madres locas, de padres coroneles, de palizas borrachas o largas tardes grises meditando la lluvia en la ventana de la soledad
como si cada verso tuviera en su pasado un niño con las alas malheridas.
De “La música extremada”
Variación sobre una variación de Juan Garzón
Ojos claros, serenos, si de un dulce mirar sois alabados es porque hubo una mano que, ardiente en la penumbra de una tarde perdida, dispuso con extraño poder unas palabras.
El tiempo, como el viento de octubre los prospectos, arrastra hacia el ayer las tardes y los años, los amores y los enamorados: polvo que se adelgaza, y luego nada. Pero su fuerza nada pudo contra aquellas sílabas de diamante, en las que siguen refulgiendo, claros, serenos, unos ojos que acaso no existieron más que en sueños pero que al otro extremo de los siglos aún de un dulce mirar son alabados.
Variaciones sobre un tema de Stevens
No es el canto del mirlo: es el silencio que nos deja, un silencio que es algo diferente del silencio porque en él suena aún el recuerdo del canto del mirlo. Ni silencio ni canto: lo que ocurre cuando el canto ya ha acabado y aún no ha empezado el silencio. Puedes llamarlo el alma.
De “La imagen de su cara”
Vaticinio
Le esposarán las manos por la espalda, pero él tendrá seis años y correrá mojado entre las altas hierbas de su memoria.
Le cerrarán la puerta, se callará la llave al otro lado, y él verá los sinsontes entre los patriarcales olmos de Baton Rouge, la via del Babuino, las bateas azules de Cangas de Morrazo.
Le pondrán cualquier número, lo formarán en fila, lo contarán, y él, mientras, cabalgará cantando contra el viento desmedido de algún acantilado.
Lo matarán y nunca se habrá muerto, y sobre su cadáver, a pie firme, le sonreirá a los muertos que le miren al otro extremo de las metralletas.
De “Curso superior de ignorancia”