A ti, que serás siempre La Ignorada, a ti, qúe llegaste a quién sabe qué lugar cuando yo acababa, ay, de salir de él, o perdiste aquel tren, no sé cuál, que te hubiera traído al centro de mi vida, o estabas en un banco de algún parque un día que yo no quise pasear entre las hojas verlenianas, a ti, por la chacarera de tu mirada que nunca he visto, por ese corazón que desconozco y es como una playa de setiembre, a ti, por todo lo que me habría obligado a amarte, a ti, que me habrías amado hasta nunca, que ahora puedes estar llorando en la luz fría de una habitación de hotel, o con tus hijos en el British Museum, o ves el arco iris en una telaraña, o piensas en mí sin saber que soy yo, a ti, retrospectiva, condicional, perdida, dondequiera que estés, este poema.
De “Curso superior de ignorancia”
(Homenaje a A. T.)
Invierno gris sobre las sementeras hurañas de Castilla. Atrás quedaron -niebla harapienta y hielo- los peñascos de Pancorbo, y la tarde palidece tras este parabrisas de mosquitos estrellados. La carretera, eterna -en la cuneta, un repentino vuelo de urracas-, va esfumándose a lo lejos, en el futuro. Por la radio insisten los políticos. Pasan camiones porcinos hacia Burgos. (Y algún tiempo después pasa su olor). Villamartín, Villarramiel, Frechilla, Villalón de Campos, tantos fantasmales pueblos de adobe -una bombilla solitaria ya encendida (¿por quién?)- de los que aún no se borró la antigua bienvenida de yugos y de flechas, espadañas con olvidados nidos de cigüeña, andrajos de carteles de algún circo…
Tras este parabrisas de mosquitos estrellados -el día ya apagándose-, postes y postes. Postes que sostienen pentagramas de pájaros sombríos. Postes como de un sueño. Pero mira esos cables y anímate, muchacho: acaso por alguno de ellos va ahora mismo -la vida no es tan negra, al fin y al cabo-, tembloroso de pura belleza, hacia cualquier oído perdido en la espaciosa y triste España, uno de esos poemas que recita tu amigo Andrés Trapiello por teléfono.
De “La imagen de su cara”