Desconocidos que te escriben cartas. En tus versos, confiesan -entre un torpe amasijo de entusiasmo, inocencia y metáforas ciegas-, reconocen su vida.
Muchachos que han quemado unos pedazos de sus mejores años componiendo, con la más despiadada sinceridad, poemas tuyos (que te parecen tan mediocres como los tuyos tuyos).
Antologizadores que te ponen, como ropas extrañas, adjetivos, etiquetas, propósitos que jamás soñarías.
Amigas de tus hijas que te estudian en Lengua y que tienen que hacer un comentario de texto (¿o cementerio?) y te preguntan sobre las estructuras.
Hispanistas que vienen a enseñarte quién eres.
Y tú siempre dudando -y dudando tus dudas- si es que ellos no se enteran de nada, o si tal vez están burlándose de ti, confabulados en una broma cósmica (pero esto me parece demasiada crueldad para ser verosímil), o si acaso -y entonces eres tú quien no se entera- de tu boca sale la voz incandescente de un algún ángel -pero esto es ya ponerse demasiado sublime-.
Sólo hay dos cosas claras: que por alguna parte hay un malentendido y que todo este embrollo es lo que llaman Gloria.
De “Poesías escogidas”