Ese niño que llega, cartera remolona, botines desatados, al colegio de Sánchez no sabe que sus pasos felices por Sevilla -luz, patios, calles, cales- le acercan a Collioure.
París, rue Vaugirard. Ese muchacho gris y desmadejado que avanza hacia el otoño verleniano del hondo Jardín de Luxemburgo no sabe que camina hacia Collioure.
Por la alameda de oro -Soria pura-, lentos enamorados demorándose, mirándose en el Duero -Soria pura-. La novia, con manos inocentes, sacude la ceniza -tiza acaso- del hombro del poeta, que no sabe que tan dulces senderos le llevan a Collioure.
El señor que, enlutado como un cirio, con su bastón y pasos soñolientos -domingo provincial- sube a los olivares de Baeza no sabe que sube hacia Collioure.
El viejo arrebujado en sus recuerdos que mira cómo pasan, vertiginosos, los naranjos por la ventana del coche, y los aspira -Levante azul-, no sabe que por aquella ruta de flores y palomas y muchachas se está acercando a Collioure.
Un súbito frenazo, la puerta abierta, el frío látigo de la lluvia. Sale a la noche y anda entre voces anónimas, oscuras, y olor a bajamar. La lluvia. Unas preguntas francesas, tan extrañas como un sueño, la lluvia, los papeles, la lluvia, los gendarmes mojados alzando la cadena fronteriza. Igual que un sueño todo. Francia, ya clareando, y aquel cartel: «CPLLIOURE», nombre jamás oído. No sabe que allí estaba, desde siempre, esperándole su muerte. De “Codex 3”