“Reina de los cielos, madre del pan de trigo”. Berceo, Milagros de Nuestra Señora
I Qué música tus manos, fina corza del mayo más intacto, qué gesto de azucena, qué iluminada crece la hierba donde pisas.
Eres la tesorera del silencio, el sauce que se inclina a toda pena; eres la que se queda fuera de las palabras; sólo un nombre ojival puede nombrarte: madre del pan de trigo, sí. La sombra de una sonrisa tuya iguala a mil cerezos, y es que hasta tu sandalia nazarena, alondra cristalina, arpa de lágrimas.
Vienen del siglo XIII los mejores ruiseñores y minian tu aleluya.
También aquí mi boca con sus costras, mi voz, acostumbrada a hurgar entre basuras con hambres vergonzosas, intenta un vuelo azul y esta ramera rancia también te dice Salve.
II Afuera las cuadrigas, los edictos de mármol, los corros de reojo, los vivas insurrectos, pero dentro la cal resplandeciente, el agua justa en el cantarillo, la alacena sumisa y un silencio mejor que el de los astros.
Afuera las palabras profundas, el progreso sin duda, los debates en torno a los debates y la filología con ropas de virtud, pero dentro la escoba barriendo unas virutas, la sonrisa volando sobre el puchero alegre, la lámpara y su aceite precavido y un silencio mejor que el de los astros.
Afuera los denarios, la nueva danzarina, el circo clamoroso y los esclavos, pero dentro el geranio risueño en su maceta, el pan y el vino sobre la mesa, las honradas herramientas, los lienzos en el arca con membrillos bien sanos y un silencio mejor que el de los astros.
Afuera las posadas, su tráfico políglota, la púrpura y el crimen, los remotos camellos y las jarcias afanosas; afuera el mundo entero, pero dentro una niña con gesto de tórtola asustada que deja su costura de novia, que sonríe, que dice inmensamente: Hágase en mí según tus palabras y vuelve a su silencio, mejor, mejor, mejor que el de los astros.
III Eres madre del pan, eres un cuenco de leche hospitalaria, bien caliente; eres humildemente la cerilla que alumbra un apagón de cuatro siglos; eres la venda justa, eres paisana de todo lo que amo. La caricia candeal de tus manos disuade cada lágrima que congelada baja pecho adentro.
No me niegues a mí tu voz, la chimenea de todos los viajeros del invierno.
De “Poesías escogidas”