Qué dicha no ser Basho, en cuya voz florecían tan leves los ciruelos, ni ser Beethoven con su borrasca en la frente ni Tomás Moro en el taller de Holbein. Qué dicha no tener un bungalow en Denver (Colorado) ni estar mirando desde el Fitz Roy el silencio mineral de la tarde patagónica ni oler la bajamar de Saint-Malo
y estar aquí contigo, respirándote, viendo la lámpara del techo reflejada en tus ojos. De “Curso superior de ignorancia”